El maravilloso Camino de Santiago y sus legendarias y complejas singularidades, donde viajeros y peregrinos encontraban un sentido a la existencia amparados por aquéllas mismas estrellas que los navegantes antiguos conocían como el Farol: la Osa Mayor.
Dejando atrás los Pirineos y el hospital de peregrinos –en la puerta de cuya iglesia, todavía puede leerse la leyenda de que allí son todos bienvenidos, tanto ateos como cristianos- el antiguo Reino de Navarra se convierte en todo un complejo mundo por explorar.
Un mundo, al que Aymeric Picaud, monje benedictino del siglo XII y autor de la primera guía del Camino de Santiago, el Codex Calistinus, desprestigió, sin duda influenciado por la sarta de gloriosas mentiras contenidas en el Pseudo Turpin o la historia de la muerte de Roldán y los Pares de Francia, atribuida por orgullo y vergüenza nacional a un poderoso ejército musulmán, cuando en realidad fueron un puñado de gudaris vascos emboscados, quienes terminaron con la flor y nata del ejército del emperador Carlomagno.
Un territorio, el navarro, que alterna frondosos bosques, con imponentes montes –como la Sierra de Urbasa- y apacibles y fecundos valles, donde el caballo pasta en libertad y todas las primaveras el campo se cubre de jaramargo, cuyo intenso color amarillo, cual si fueran hermanos de los espectaculares girasoles, tanto atraía la atención de artistas como Vincent Van Gogh.
Solitaria y diríase que perdida sobre un olvidado montículo, una vieja ermita recuerda, a todo aquél que se detiene unos momentos en su camino, bien para rezar un responso bien para contemplar su fascinante hermosura, unos tiempos, los medievales, donde todos los peores virus del mundo se resumían en uno solo: el de la Fe.
Y de la misma manera que en la actualidad con la pandemia mundial del Covid-19, el hombre medieval se enfrentaba también con el más pernicioso de los virus: el de los Siete Pecados Capitales, impuestos por la Santa Madre Iglesia, a los que generalmente se representaba bajo la forma de una terrorífica hidra de siete cabezas.
El curioso que un día se encuentre con esta ermita, situada a alguna distancia del pueblo de Arce, no verá a la hidra de siete cabezas entre las esculturas de sus capiteles y de sus canecillos, pero sí verá, si observa con atención, las alegorías a los vicios y defectos contenidos en esos Siete Pecados Capitales, que le servirán, como ocurre hoy en día con las recomendaciones sanitarias frente al Covid-19, de aviso y comportamiento en su camino.
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