Cuenta Homero, en La Odisea, que sólo la astucia salvó al intrépido Ulises de sucumbir a sus encantos, siendo otro de los innumerables peligros que esperaban a los ingenuos navegantes que se aproximaban a los peligrosos estrechos de Escila y Caribdis.
Madrid, a pesar de estar situada en el centro geográfico de la Península Ibérica, debatiéndose eternamente entre la Escila que es Europa y la Caribdis que representa África, cuenta también con sus sirenas y por defecto, con la magia de su encanto y su belleza.
Alojadas en ese metafórico camino de Swan, que es el Gran Estanque de nuestro Parque del Retiro y émulas, además, de solidarizarse con la búsqueda del tiempo perdido, a cuya empresa se entregó en cuerpo y alma Marcel Proust, buscando quién sabe qué perdida fuente de la eterna inspiración, las sirenas nos recuerdan esas curiosas, por no decir extrañas navegaciones que tiene la vida.
Y observan el tiempo pasar, transpirando melancolía por todos y cada uno de los poros de su broncínea piel, con idéntica parsimonia a como improvisados marinos de agua dulce navegan resueltamente a su alrededor, sin prestarlas apenas atención.
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