El Golfo de Vizcaya y sus inextricables misterios, donde muchos de los pueblecitos marineros que lo jalonan como estrellas, se convierten, a la vista del viajero entusiasmado, en pequeños santuarios de mediática belleza.
Getxo, la mayoría de cuyas casas mantienen a la vista, como símbolo de protección, el eguzkilore, esa flor, solar y sagrada, superviviente de las antiquísimas tradiciones euskaldunas, es uno de ellos.
Uno de tantos, podría llegar a pensarse, pero también es cierto, que apenas el visitante comienza a pasear por sus angostas calles, es rápidamente asaltado por el certero sentimiento de que está pisando un lugar único.
Muchas de sus ancestrales calles, superpuestas sobre un malecón que sirve como metafórico sillón de psicólogo para los repentinos cambios de humor de una mar que no siempre muestra su rostro más amable, son como esa no menos metafórica escala de Jacob, que conecta varios mundos ambivalentes.
Sin darle nunca la espalda al agua, de la todo pueblo pescador se nutre como si fueran los pechos de una madre, las escaleras de sus calles, firmemente enraizadas en la tierra, son como esos antiguos puentes medievales, denominados ‘de joroba de asno’, a cuya mitad los peregrinos alcanzaban simbólicamente el cielo, para después tornar a la tierra y continuar su arduo camino.
Incluso en los molestos días de lluvia, cuando el viento del noroeste arrastra consigo un salitre playero que se clava en la piel con la aguda determinación a como lo haría un ejército de alfileres, pasear por estas calles, cuyas paredes guardan mil y una historias, atrae una experiencia vital, que el espíritu agradece y frente a la que se despide, aunque no sin antes lanzar el sentido juramento de volver.
AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual y por lo tanto, están bajo mis Derechos de Autor.