No por resultar odiosas, como asevera el refrán popular, las comparaciones dejan de aportar, en ocasiones, detalles sobre los que basar algún tipo de reflexión, que acertada o no, deje volar nuestros pensamientos por esos frágiles mundos de la especulación, similares a las pompas de jabón, de las que hablaba el poeta don Antonio Machado.
En esta tarde calurosa, donde Madrid parece estar poseída por una extraña calma chicha, que quizás preceda a la tormenta, me viene a la memoria la supuesta imagen de un bravo león de piedra que los griegos levantaron en el famoso Paso de las Termópilas, donde el rey Leónidas y sus trescientos espartanos resistieron el empuje del incontenible ejército persa, mandado por el rey Jerjes.
Y al hacerlo, no puedo dejar de compararlo con estos dos leones, que a la vera del imponente monte Auseba, en Asturias, vigilan la entrada al Santuario de la Virgen de Covadonga.
Porque aquí también, aunque muchos siglos después de la hazaña de los bravos espartanos, hubo otro puñado de guerreros, que al mando de Don Pelayo, resistieron el empuje arrollador de los poderosos ejércitos musulmanes que había invadido la Península Ibérica, dando origen al reino de Asturias e implantaron, además, los cimientos de una Reconquista, que acabó en 1492, cuando los Reyes Católicos tomaron Granada y Cristóbal Colón, partió para lo que él consideraba como las Indias.
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