Duermen sus raíces, acurrucadas en el fondo de la tierra, como la cabeza de un recién nacido que busca desesperadamente la protección del regazo materno.
Alzándose sobre un manto de armiño, los desnudos tallos parecen almas en pena que extienden sus espinas hacia un cielo gris, pidiendo ser liberados del purgatorio del invierno.
En la soledad de los días tempestuosos, dice un poeta, aferrado a su pluma detrás de la ventana, que la noche pasada la luna, apiadándose del hambre de la rosaleda, decidió cantarle las hernandinas Nanas de la Cebolla, con la intención de aplacar su hambre de primavera.
Sumisas en el cielo, las estrellas hicieron un coro de cascabeles, mientras en algún lugar del mundo, un anónimo soñador de eternidades recuesta la cabeza sobre la almohada, esperando el milagro del renacimiento de la rosaleda.
Cuando el soñador cierra los ojos, para sumirse en el dulce nirvana del sueño, el poeta baja lentamente las persianas de la ventana, cansado de ver la nieve caer.
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