Ya nos advertía severamente Baudelaire, que el mejor ardiz del Diablo ha sido siempre el de hacernos creer, precisamente, que no existe.
Por tal motivo, resultaba extraño, que tan ilustre personaje, que además el mismo autor nos describe como un melancólico con muchas horas taciturnas a cuestas, no visitara, en alguno de sus solitarios itinerarios por el Madrid churrigueresco y frívolo, una Puerta del Sol, que además de estar considerada como el kilómetro cero de España, visita y conoce, como aquél que dice, hasta el Tato.
Recientemente declarada como zona peatonal, todas las miradas, tanto propias como foráneas, suelen estar dirigidas hacia ese hermoso palacete, cuyo archiconocido reloj despierta cada Nochevieja a Don Carnal, proclamando una noche de desenfrenada locura con la excusa de recibir al Año Nuevo.
Mandado construir por el rey Carlos III, en 1768, fue precisamente durante su construcción, cuando comenzó la leyenda y donde el Diablo, por alguna razón que desconocemos, declaró su antipatía por Francia –gesto, para que conste en acta, con el que se adelantó al menos cuarenta años a La Pilarica, que según la jotilla, tampoco quería ser francesa, sino capitana de la tropa aragonesa- negándose en redondo a que un arquitecto francés –de nombre, Marquet- tomara la iniciativa de la obra, en detrimento del arquitecto español Ventura Rodríguez.
Eso, al menos, fue lo que dijeron varios obreros, que abandonaron la obra totalmente espantados, alegando que se les había aparecido el Diablo y les había advertido que el edificio estaba maldito y que pertenecía al Infierno.
Y algo cierto debe de haber, porque antes de convertirse en la actual sede de la Comunidad de Madrid, adquirió una fama terrible, durante el tiempo en el que se convirtió en el cuartel de la siniestra D.G.S., la Dirección General de Seguridad, durante el Régimen de Franco.
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