El Claustro: dorados y sombras

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Llega un momento, cuando la tarde declina y los rayos del sol tintan dorados y sombras que se esparcen como brazos extendidos por los largos pasillos del viejo claustro, en el que dejas de fijarte en la gente con la que te cruzas, para reencontrarte contigo mismo y te dedicas a buscar en el caos, un atisbo de tu propia sombra, de esa casquivana compañera, que el poeta Antonio Machado llamaba el complementario y Ortega y Gasset, acérrimo adepto del método científico promulgado por Voltaire, simplemente denominaba como la circunstancia.
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Quizás uno y otra, con el permiso de Herr Jung, no formen, si no, aquello a lo que se refería Hermann Hesse, cuando hablaba de los habituales engaños de la memoria, incidiendo, generalmente, en algo cuyo recuerdo nos produce incomodidad (1).
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Lejos de producirme incomodidad, sobre todo porque son numerosos los claustros, sean éstos de monasterios o de catedrales, donde realmente uno camina por esos senderos libres de álamos y cipreses, que a fuerza de costumbre, señalan los camposantos, o si lo prefieren, en una palabra más pura, ruda y cruda, los cementerios, caminar por un claustro es una verdadera invitación a dejarse llevar por la ilógica lógica de Lewis Carroll y sentirse como Alicia a través del espejo, mientras el eco de tus pasos parece resonar alternativamente en dos mundos antagónicos pero unidos por algo tan incomprensiblemente matemático, como es una paradoja.
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No es que la culpa de tales sensaciones la tenga el gato blanco, ni tampoco el gato negro, como nos quería hacer creer Alicia, pero sí quizás el dichoso gato de Cheshire, que disfrazado sutilmente de maestro cantero y hábil en el arte del cincel, del escoplo y de las complejas ecuaciones de álgebra gnóstica construyó un mundo que pretendiendo imitar supuestamente esos episodios evangélicos, se dejó llevar por el idioma de los pájaros –siglos más tarde, el enigmático Fulcanelli lo llamaría argot- con el fin –ya me parece ver su perversa sonrisa de oreja a oreja- de atar nuestra intuición con complejos lazos de Salomón, capaces de maniatar durante un buen rato, se lo aseguro, algo tan libre y volátil como es la imaginación.
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En la imaginación queda, pues, pensar, cuando los sentidos comienzan a verse pronto invadidos por el síndrome de Stendhal, si en realidad, cuando caminamos por estos lugares, que en ocasiones y metafóricamente hablando, saben a naturaleza muerta reencarnada en arquetipos vivos, si después de todo entre el dorado y las sombras, entre el complementario y la circunstancia, existe un espejo, no menos metafórico, capaz de introducirnos en ese universo donde incluso los ángeles temen pisar.
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Notas, Referencias y Bibliografía:

(1)Para mayor información, se recomienda, entre otras, aquélla maravillosa joya de Hermann Hesse, titulada ‘El Caminante (prosas, poemas y acuarelas del autor de Sidhdharta). Editorial Bruguera, S.A., hizo una primera edición en marzo de 1978.

AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual.

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Ars vtinam more Animvm qve effingere. Posses pulchrior in ter. Ris nvlla tabella foret.
Arte Ojala pudieras representar. el carácter y el espíritu. No habría sobre la tierra. Imagen más bella

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