Aquélla mañana, paseaba plácidamente al calor de los rayos del sol, preguntándome, como Marcel Proust, si la realidad se forma sólo en la memoria y en caso de ser así, si sería absolutamente necesario recurrir a ésta si pretendemos encontrar el tiempo perdido.
Ahora bien, tal tesitura no dejaba de ser paradójica, pues si ese fuera el caso, si tuviéramos que recurrir necesariamente a la memoria para recobrar el tiempo perdido, podríamos caer en el vértigo de la paradoja, toda vez que el tiempo nunca se pierde, sino que, por el contrario, somos nosotros, precisamente, quienes nos perdemos en él.
¿Estaría, quizás, la solución en perderse en la memoria, de la misma manera que el otoño termina desapareciendo, sirviendo de chivo expiatorio en los gélidos altares del invierno?.
En tan perturbadores temas de metafísicos tiempos perdidos y reencontrados se hallaban mis inconsecuentes divagaciones, que apenas me percaté de que el fenómeno que siguió a la sagrada expiración en el Gólgota se estaba manifestando frente a mis ojos.
Repentino, como el ataque de una víbora, la luna se puso como parche en el ojo bucanero del sol y una oscuridad parcial se abatió sobre el lugar, mientras las aves cesaban su canto y la gente que paseaba comenzaba a adoptar una tonalidad grisácea, tal y como si hubieran intercambiado el papel con su propia sombra.
Recordé entonces, bendito tesoro, una curiosa frase de un conocido poeta español, de la que me hice eco: será, quizás, que otro resplandor se ha apagado en el mundo.
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