Ni siquiera el tiempo, viajero inexorable que camina sobre las olas tempestuosas de los mares de la vida, es tan cruel como para no detenerse un momento junto a éste mortalmente herido tatarabuelo de la arboleda perdida de Madrid y escuchar, conmiserativo, el lamento de su voz perdida.
A través de sus ramas, dramáticamente amputadas en guerras inconsecuentes de estética urbanita y renegrecidas con la tristeza infinita de su sabia derramada, la mirada de un poeta puede ver, sintiendo en la carne el desgarro melancólico de las nieves de antaño, como diría el poeta libertino francés François Villon, el rastro doliente de todo aquello que se fue.
Quizás llevado también por el viento, éste metafórico olmo herido, como aquél otro al que le cantaba Antonio Machado, comparándolo con el frágil y enfermo cuerpecillo de su amada Leonor, nos recuerde, en estos tiempos de crisis, ese abocamiento a la fragilidad, que cual hada madrina nos acompaña a todos desde el mismo momento de nacer.
La más cruel de las pandemias, aquélla que antaño danzaba a su alrededor con alegría, solazándose bajo su sombra en los tórridos días de verano, hoy pasa por su lado, mirándole con la cruel indiferencia del olvido.
Algunos se acercan, pero lejos de buscar en él ese abrazo reconfortante que antiguamente buscaban con frenesí el flojo y el doliente de espíritu, atisban a través de sus ennegrecidos muñones buscando con frenesí una mejor perspectiva para observar, con fingido interés, esa abominación onírica, que después de todo, es el dolmen de Dalí.
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