Esa noche, después del café, Eufrasia soñó que Lencho la despreciaba, como casi siempre, al encontrarse a una mujer ni siquiera más bella, nomás poquito más carnosa.
Le dolió como nunca, pero se aguantó como siempre. "Tendrá que volver" se dijo, y así lo esperó.
Pero ocurrió de nuevo.
Él le hizo creer que ya no la dejaría, y la dejó, hirviendo por dentro y sufriendo por él.
Sin pensarlo más, tomó unas tijeras y de un sólo golpe le quitó lo pocohombre.
Media hora después de dormida, la dulce sensación de venganza la despertó aún agitada.
Pobre Lencho, se volvió homosexual.