La piramide

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Carlos tenía más cromos que ningún niño del barrio, producto de meses de coleccionarlos sin descanso. Se decía que podría tener la nada despreciable cifra de diez mil, todos originales, es decir ninguno repetido.

Un día charlando con tres de sus amigos les contó que venía a visitarle su primo de la ciudad y que quería mostrarle su grandísima colección.

Les comentó que su intención era impresionarle por lo que necesitaba la colaboración de ellos: si cada uno le prestaba cincuenta cromos él después les devolvería cien.

Los tres accedieron y le entregaron de su mano los cincuenta cromos por cabeza. Pasó una semana y tras recibir la visita de su primo devolvió a sus tres amigos los cien cromos prometidos que les correspondían.

No tardó en saberse de la generosidad de Carlos por lo que pronto todos los niños del barrio querían prestar sus cromos al chico con la esperanza de duplicarlos.

Carlos les agradeció su ayuda comentándoles con alegría que la próxima vez que su primo viniera de visita se iba a morir de envidia gracias al préstamo que habían dejado en su poder.

Pasaron entonces las semanas y los chicos del barrio viendo que el primo de Carlos no venía al pueblo y que éste tenía todavía en su poder los cromos de cada uno de ellos fueron a pedirle explicaciones.

El bueno de Carlos amablemente les dijo que había necesitado mucho tiempo para contarlos pero que pronto se los enseñaría a su primo y podría devolvérselos a cada uno junto con los intereses.

Todos los niños aceptaron las palabras de Carlos excepto uno que se llamaba Matías que quería recuperar ya sus preciados cromos, aún a sabiendas que sólo se quedaría con sus cincuenta.

Carlos sin inmutarse sacó cien de ellos y se los entregó delante de los otros niños, que miraban con asombro y admiración como éste no sólo cumplía su palabra de devolverlos, sino que además lo hacía por duplicado tal como había prometido.

Dos semanas después un vehículo grande hizo su aparición en el pueblo: "¡Seguro que era el primo de Carlos!", pensaron todos y se fueron delante de la casa de éste para ver si podían ver algo.

Sin embargo lo único que pudieron observar es que Carlos y su familia se subían en ese auto tras meter unas maletas en él y se marchaban.

Pasaron los meses y ni Carlos ni su familia regresaron, con lo que los pocos niños que todavía albergaban la mínima esperanza de recuperar los cromos terminaron por aceptar que los habían perdido para siempre.

Sólo Matías pudo respirar tranquilo por haber recuperado a tiempo lo que era suyo.

Muchos años más tarde veía Matías en las noticias de la televisión como un rico financiero era detenido por su papel en una estafa piramidal en la que cientos de clientes habían perdido todos sus ahorros.

Tras mirar fijamente la pantalla y observar el rostro del detenido se preguntaba donde había visto esa cara que le era tan familiar y finalmente lo reconoció: Era Carlos el de los cromos.

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