Llena de nostalgias y recuerdos recogió sus cosas en un baúl viejo que olía a mentol y había sido de su abuela.
La hora del viaje esperado por tanto tiempo había llegado, lo sabía porque su viejo gallo mudo había cantado por la tarde.
No quería irse, se puso su vestido blanco de la hermandad del santo sepulcro y su cadenita de oro del día de su Bautizo, tomó la ajada foto de un hombre joven con sombrero de pajilla y zapatos de dos tonos que sonreía ante la explosión del carburo de una vieja cámara.
Era su gran amor de juventud.
Apretó la imagen gastada entre sus manos, apagó la luz y se acostó en su cama con una sonrisa en su rostro seco y arrugado.
En la mañana ya se había ido sin molestar.
Sus nietos y bisnietos lloraban, fue una abuelita buena.
En la sala sus tres hijos muy serios y tristes se repartían sus bienes sin necesidad de testamento.
En la cocina sus tres nueras preparaban café y chocolate con alguna que otra lagrima saladita, mientras llegaban los de la funeraria. Mientras tantoella camina de la mano de su amor de juventud, por los campos de su tiempo, son jóvenes sonríen felices y se besan, solo han pasado setenta años desde la ultima vez que se vieron.
A veces la muerte lo arregla todo.