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La muerte del abuelo

jtk1(64)
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Cervantes
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Murió de pié.

Así le encontraron en el patio frente a las jaulas de los gallos y los pollo, Recostado de un flexible palo de Matarratón, oliendo a canto de guacharacas y a rocío, estirado y tieso con la cabeza apenas caída de un lado, el brazo izquierdo completamente desgonzado y en la axila un retoño de la mata que se había quedado apresado lucía una inflorescencia blanca y perfumada.
Los ojos abiertos, sin mirada, los labios rectos y un hilo de baba colgando hacia la blusa era lo único que se movía: Acababa de fallecer, eran las 11 en punto en una mañana que quedó en la memoria de los niños grabada como aquella en que floreció el abuelo.

Nadie lloró su muerte.

Sin embargo para Margarita la herida dolió fuerte y hondo, aunque no en un primer momento.

Puso luto negro en la ropa y silencio en el sentimiento. Revestida de una serenidad solo igualable a la que mantenía frente al mesón de etiquetaje, contemplaba al abuelo en su ataúd, colocado para el velatorio en la sala de la casa.

Presentía que se había ido con la tristeza de dejarla sola a cargo de aquella familia amplia y desigual.

Esto le provocó cierto rencor que no quiso admitir y que disipó rápidamente.

Mientras le miraba allí tendido y fingía rezar moviendo suavemente los labios se le venían a la mente imágenes de la vida cotidiana, de las tareas de la casa, de los detalles de amor de aquel señor, su abuelo. Entonces, sin querer sonreía.

Aunque difunto, no inspiraba a llanto. Era un ser consumido por una vida consumada y no llamaba a pena ni a desgarro.

A partir de ese día, todas las noches y hasta su muerte, en sueños reales conversó largamente con él.

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