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Se queda mirando boquiabierto las estanterías de las tiendas, luego se abre paso a empujones por entre la gente aglomerada.
Pisa a un señor de cara respetable e inicia una disculpa que sabe no va a terminar, codea a un mensajero que intenta colearse y usurpar el puesto del señor que lee un periódico. Hay casi un pleito que no rehúye y al fin logra colocarse a pocos pasos de las rebatiñas.
De bromas no ha llegado donde venden las gangas a mansalva. Inmediatamente divisa un viejo reloj que reposa en el fondo de la subasta, también observa el anillo de graduación que en estos momentos exhibe el vendedor entre sus dedos, pero prefiere el reloj porque es mejor compañero.
Su tic-tac lo complacerá en la soledad del cuarto de pensión, por eso espera tranquilamente el momento de la subasta del reloj y en su imaginación ya ha comenzado a sonar acompasado, melódico, casi humano, el ruido del reloj.
De pronto se da cuenta que es la hora, que ya lo sacaron desempolvado y reluciente y que hay un señor calvo, de gafas, de apariencia judía, que parece muy interesado en su reloj; también una señora ya viejona, con el polvo cuarteándole la cara y un enorme collar de perlas artificiales.
La subasta queda reducida a un duelo entre ambas personas, que solo agregan unas cuantas monedas a sus ofertas mientras él espera pacientemente el segundo preciso cuando el subastador dice a la una, a las dos y…
-Doy mil
Su grito deja desconcertado al subastador y hace palidecer al calvo judío que ya se frotaba las manos y que ahora las debe tener sudadas de la rabia porque ya no le queda chance de una contra oferta.
-¡Maldita sea! ¿De dónde salió ese tipo? –dice en voz alta.
Mientras tanto él toma su reloj, comprado con todas las de la ley y casi no se preocupa por recibir la papeleta de venta sino que va directamente hacia el reloj y empieza a acariciarlo como a un chiquito, lo abraza y lo levanta del piso, se da cuenta que es más pesado de lo que creía y que en la parte de atrás tiene unas figuras y unos caminos de comején que lo arbolizan, pero no importa, ya es suyo, al fin podrá acompasar su vida, sus minutos y sus horas las pasará pendulando y en la celda de la pensión podrá soñar con la impasibilidad de los astros.
-Le pago el doble de lo que le costó –le propone quien ha perdido la subasta.
Se niega a venderlo y se marcha.
Se lo lleva cargado abrazado como a una novia hacia el altar y cien metros después, en un callecita solitaria, siente el acero filoso de un puñal que le entra por la espalda y le rompe el corazón.
El viejo calvo judío, toma el reloj y unos metros más adelante lo mete en la maleta de un auto y se lo lleva.
Dentro del mismo viene un alijo de drogas que le ha enviado su distribuidor camuflado entre el viejo reloj de péndulo.