El año de 1999 fue para mí importante tanto en lo personal, profesional como psicológico, ya que en el mismo se presentaron múltiples eventos que impactaron en todos estos.
Se me presentó a fines de ese año un dilema que podría marcar mi futuro y esto se resumía entre emigrar o quedarme y enfrentar los problemas que en ese momento sobrepasaban mi capacidad.
Como todo ser humano mi primera opción era escapar hacia otro país a olvidarme de cosas que me causaban una herida sangrante en el corazón y me mantenían en un estado no muy sano.
Tenía cuatro opciones, irme a México con trabajo y estadía garantizada por uno viejo amigo de la ciudad que había logrado establecer una empresa en la capital, o a Brasil Estados Unidos y España, con altas probabilidades de establecerme sin realizar trabajos de baja monta ya que mis conexiones a través de la literatura eran una garantía de eso.
Por cuestiones de no tener que aventurar escogí México, le di el sí a mi amigo y me puse a preparar lo necesario para cambiar de rumbo y vida, pensando como todo viajero que cuando las cosas mejoraran podría volver ya que dejaba mi casa alquilada y los enseres reguardados como plan B, y al hacerlo ya los problemas que dejaba habrían desaparecido.
Cuando todo estuvo listo llegó Pepe Grillo a mi almohada y como un polizonte no invitado me trajo algunas reflexiones que nunca olvidaré, quizás la más importante de todas fue que era un iluso si pensaba que al regresar los problemas habrían desaparecido porque al igual que las penas ellos no solo estarían aguardándome sino que viajarían conmigo.
Luego una larga lista de personajes pasó en ese momento por mi cerebro, todos ellos emigrantes en mi tierra y con quienes había mantenido relación a través de los años. El portugués que por largos años atendía un puesto de perros calientes en la esquina de la casa de mis padres, donde me crie, quien trabajaba duro para ahorrar e ir una vez al año a ver a su familia en Portugal, también recordé los italianos de la panadería que a pesar de tener muchos años establecidos acá y con su progenie maracucha, hacía lo mismo del portugués, el turco que le fiaba los enseres a mi madre, quien era dueño de unos edificios pero que lamentaba no haber visto morir en Siria a sus padres y haber perdido el contacto con su familia, una historia similar me contaba Simón, un libanes que conocí por razones de trabajo, y Joe un chino maracucho donde jugábamos maquinitas.
Todos ellos habían tenido que buscar en otro país un mejor futuro porque sus países andaban en guerras o en situaciones de pobreza al que no quisieron enfrentar por ese instinto de supervivencia natural de todo animal.
Emigrar había sido la opción fácil en comparación con la de un futuro incierto y habían logrado solventar sus problemas económicos y mejorar su calidad de vida financiera. ¿Pero eran felices?
Giramos la felicidad en torno al dinero y nos olvidamos de lo emocional, de que la felicidad no está sustentada en que cómodo estemos, en el tamaño de la casa, en los placeres que nos dé el dinero y ni siquiera en qué tipo de comida consumimos porque a veces es más feliz el que se come un pan con agua que el que degusta una comida gourmet en algún restaurant.
Recordé un poema de Andrés Eloy que escuchábamos siempre a medianoche del año viejo llamado “Las uvas del tiempo” en el cual se lamentaba de su soledad y en algún verso decía “¡Cuando dejé mi casa para buscar la Gloria, cómo olvidé la Gloria que me dejaba en ella!”
Y pensé en lo que no quería por encima de lo que quería.
No deseaba alejarme de mis padres, quería estar en su lecho de muerte cuando eso ocurriera, tampoco no ver crecer mis hijos porque a ellos les harían falta más un abrazo que miles de dólares. Tampoco quería vivir como esos personajes trabajando para ahorrar y poder ver a mis seres queridos una vez al año.
No quería ser un emigrante, un extraño entre personas con las que no me unía nada más que la oportunidad del dinero o la circunstancia.
Entonces decidí quedarme, enfrentar mi barranco como diríamos en criollo y dar mi mayor esfuerzo para resolver lo que me hacía infeliz, al fin y al cabo para quienes creemos en Dios él nunca nos dará cargas que no podamos llevar.