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Las vacaciones llegaron y para muchos, es época de viajes, excursiones, visitas a familiares lejanos, paseos por parques de diversiones y un montón de cosas mas que nos acostumbran nuestros padres cuando estamos pequeños, pero que nos prohíben cuando llegamos a la edad de la adolescencia ya que lo llaman rebeldía juvenil o exceso de libertad.
Para mí, las primeras vacaciones escolares no tuvieron esas características tan normales, sino que al contrario fueron una extensión de la vida cotidiana, ya que mis padres, algo apretados en el aspecto económico, tuvieron que trabajar durante ese tiempo, sin dudas los gastos escolares habían entrado de una manera no tan desprovistos de libertades en mi hogar.
Eso no me causó ningún tipo de frustración, a mi edad es igual Disneylandia que el jardín de la casa, no hay ostentación aunque seamos algunas veces altivos, total, el tiempo es lo que sobra cuando aun no empezamos ni siquiera a sacar cuentas cuanto cuestan las cosas.
Pero el vecindario comenzó a quedarse solo y los amiguitos a viajar, mis primos se marcharon al interior del país y solo mi bicicleta y el resto de los juguetes me hacían compañía por los días, además de mi abuela que decidió pasarse la temporada con su nieto favorito.
Fue el momento en que dí gracias a Dios por los avances tecnológicos representados en ese momento por la televisión por cable, ya que esa caja negra con un ojo de pantalla pasó a ser mi compañera de soledades y catarsis infantiles.
Veinticuatro horas de comics era fabuloso. Héroes intergalácticos, fábulas increíbles, dinosaurios, carreras sangrientas, hombres prehistóricos, extraterrestres, guerras ultramodernas y espaciales, artes marciales, asesinos cibernéticos, mercenarios, niños precoces, científicos locos y un sin fin de aventuras que fueron llenando la habitación de un mundo extraordinario que fueron haciendo los días tan cortos que ni el apetito aparecía cuando los capítulos terminaban en un suspenso propio de las mejores series adultas.
Mis padres en un principio se sintieron aliviados de que su hijo consentido no se aburriera estando solo, aunque tuvieron la pedagógica precaución de bloquear algunos canales para que no pudieran ser vistos por mis ojos ya que no eran aptos para mí.
Pero mi abuela, siguiendo eso del dicho de que el diablo sabe mas por viejo, no veía con buenos ojos esa adicción a los programas televisivos y a la hora del almuerzo o cena, parecía un radio de vendedor informal en plena tarea ante los clientes que pasaban a su lado indecisos por lo que necesitaban comprar.
-Me parece que están haciendo mal en dejar que ese niño vea tanta televisión.
-Está en vacaciones mamá.
-Deberías inscribirlo en algún campamento de esos que promocionan muchas escuelas.
-Está muy chico para eso, además ¿Qué mal puede hacerle ver comiquitas?
-Ya ni come, ni duerme, y pega gritos mientras ve ese aparato, casi me mata del susto pensando que le ha pasado algo.
Mis emociones iban creciendo con los días.
-Paulito, ven que voy a contarte un cuento. -me llama la abuela un día.
-Ya va, el malvado cíclope está por cortarle la cabeza a la novia del marinero.
Casi se le salen los ojos de la órbita.
-¿Cómo? Eso es lo que ves en ese aparato, tienes 5 segundos para venir acá o no ves mas televisión.
Pudieron ser 5 días pero eso no me lo iba a perder, o mejor dicho pensé que no lo haría.
La figura de mi abuela cortó la inspiración al colocarse delante de la pantalla y tal como había prometido lo apagó.
-Abuelita, un ratito no mas. -intenté suavizarla poniendo cara de perdón.
Pero ella no estaba para bromas.
-Te lo advertí, hoy no verás más televisión.
Si se hubiera acabado el mundo no me hubiera importado tanto, pero ¿Sin televisión?, Eso era peor que morir degollado y desangrado con uno de los cuchillos del vengador enmascarado.
-Prometo no desobedecerte más.
-Ni que prometas convertirte en santo veras televisión.
Era la última palabra y estaba acabado.
El castigo no pudo ser más cruel, oír cuentos infantiles obsoletos todo el día sentado en el sofá y merendar con hojuelas de maíz y leche.
Sin dudas a mi abuela le hacía falta actualizarse.
Por la noche el sermón fue apoteósico.
-¿Cómo es posible que desobedezcas a tu abuela Paulito?
-Yo solo le pedí unos minutos mientras terminaba la comiquita.
-Una cosa es que veas televisión y otra que te olvides de todo.
Quince minutos fueron suficiente para levantarme el castigo.
Supongo que mi mamá convenció a mi abuela para eso y al siguiente día comenzaron de nuevo mis aventuras televisivas.
Ya no estaba tan solo e incluso mis superpoderes fueron manifestándose paulatinamente, sería cuestión de días que empezara a volar y que los rayos de mis ojos pudieran calentar lo que me hiciera falta.
Pero nada es perfecto y cuando mi saludo de guerra fue pronunciado delante de mi papá los problemas se agravaron.
-Buenas noches capitán.
Mas que como soldado me miró como insecto.
-¿Qué es esa manera de saludarme?
Creo que no entendió mi vocabulario.
Como de costumbre, la abuela descargó todas las quejas guardadas durante días y me acusó, con razón, de andar golpeando cosas, emitiendo ruidos extraños y lanzándome por el piso como poseído por alguna fuerza extraña.
Mis poderes telequineticos fallaron, por lo que me vi enclaustrado en el cuarto debido a los regaños de mis padres, que decidieron ponerme en prisión por rebelión.
Fue el comienzo del fin de mi matrimonio con los comics.
Los mismos sufrieron el mismo destino de la programación adulta y mi televisión por cable pasó a tener solo canales educativos.
En esos momentos me sentí tratado cruelmente como esclavo negro de terrateniente en época de la colonia. Pero a medida que han pasado los días, me he ido dando cuenta que hay cosas que debo aprender y que entre ellas lo más importante es diferenciar la ficción de la realidad y que por muy bueno que parezca, cualquier adicción se hace paulatinamente dueña de nuestros pensamientos y nos coloca como títeres de ella.
Pasaran semanas para que mis padres se den cuenta que he aprendido la lección pero esperaré oyendo con atención los cuentos de duendes, príncipes y princesas de mi abuela, que al fin y al cabo no son tan malos como pensaba.
Poco a poco la sed se apaga pero hay que darle de beber.