Conoció a Helena con H como siempre le dijo, en un pueblo donde regularmente se aprovisionaba de gasoil que está en el tramo de tierra que une la península con tierra firme y que tiene un nombre muy peculiar: “El olvido”
No tan bella como la de Troya pero el solo mirarla hizo que un terremoto se sintiera en sus pies.
Llegó al lugar donde además de combustible también vendían pescados, con un vestido floreado que ocultaba lo delgado de su contextura y el rostro sin ningún maquillaje.
Creyó que él era un nuevo pescador de los que ofrecían sus productos allí y tal vez llevada por el mismo magnetismo se le acercó y preguntó.
-¿Tiene lisas?
Quedó mudo y se dio cuenta que el destino es travieso.
En lugar de responderle la pregunta le dijo.
-Me llamo Héctor. ¿Cómo te llamas tú?
Ella pareció ignorarle y volvió a preguntarle.
-¿Tiene lisas?
Resignado le respondió.
-Estoy de visita comprando gasoil, arrastro pepitonas.
Creyó que se iría buscar lo pedido pero para su sorpresa no lo hizo sino que le respondió.
-Con razón no te había visto por acá, me llamo Helena.
-¿Qué haces?
-Por el momento nada, estudiaba segundo año pero cerraron la secundaria donde estaba y ahora ayudo a mi mamá en las labores de la casa y hacemos dulces de leche que nos venden algunas bodegas.
-¿Y tu papá?
-No lo conozco –dijo con un gesto de impotencia.
-¿Tienes hermanos?
-Sí, tres hermanas, la mayor está casada y vive en otro pueblo y las otras dos me ayudan a hacer los dulces.
Recordó el trillado dicho de que los marinos dejan un amor en cada puerto, pero no explican que ese amor muchas veces queda reproducido y al final el marino muere sin nadie a su lado.
Su abuelo es un ejemplo de eso, solo pero con muchos hijos, la mayoría desconocidos en la península.
-Me voy, tengo que comprar el pescado.
-Te prometo que cuando vuelva te traeré pescados.
Sonrió y se alejó hacia otro pescador que estaba un poco más allá.
Tenía un caminar lento, largos cabellos negros, piel morena que no contrastaba con sus ojos verdes claros, nariz aguileña, boca pequeña con labios gruesos y una voz de bajo tono.
Cuando regresó pasó a su lado despidiéndose con la mano y él le preguntó.
-¿Cómo sé a dónde voy a llevarte el pescado?
-Pregunta por las dulceras y cualquiera te dirá donde vivo.
Sin dudas un apodo muy conveniente ya que le había endulzado el día y le haría cambiar su actitud en los siguientes meses.
Regresó un mes después y como siempre ha mantenido que la palabra empeñada es un compromiso, trajo un lote de pescados que fue necesario llevárselos en una carretilla de las que se usan para cargar arena, que le prestó el que vendía el combustible.
Estos fueron atrapados a la vieja usanza de cordel y anzuelo.
Todas quedaron sorprendidas incluso Helena, tal vez por el hecho que no confiaban en los marinos.
Conoció a su mamá y hermanas, probó los dulces, almorzó con ellas y hasta ayudó a freír los peces traídos de diferentes nombres.
Mientras las hermanas se animaban a conversar, la mamá se alejó y pensativo en el patio miraba al mar.
Hay heridas que son difíciles de sanar.
Comenzaron a verse afuera ante su negativa de ser un marino común, pero había poco que ver en el lugar y en complicidad con sus hermanas salían a una playa alejada del pueblo, o se montaban en el barco y visitaban los hasta ahora desconocidos para ellas pueblos cercanos de la península o simplemente iban a pescar, enseñadas por él.
Su primer beso se lo robó mientras hacían esto y le explicaba cómo poner las carnadas en el anzuelo.
Luego sus hermanas consiguieron también novios en el pueblo y el grupo se hizo una cofradía.
Ella tenía tal como lo imaginaba en aquel entonces diecisiete años, pronto a cumplir los dieciochos y el trabajo se terminaba, algo que comenzó a preocuparle.
Siempre llegaba cargado de regalos para todos cuando regresaba de visitar a su madre, pero aun así su madre lo veía como el marino que preñaría a su hija y desaparecería.
Un día ella le dijo.
-Llévame contigo a la ciudad, mamá nunca te aceptará.
Él le respondió.
-Con una condición. Casémonos antes.
Y así lo hicieron.
Celebraron una gran fiesta y la suegra, tal vez convencida que el amor era serio, comenzó a verlo con otros ojos, el día de la boda le dijo en un momento que quedaron solos en el patio.
-Nunca me la hagas sufrir ni me la dejes botada, cuando no quieras mas vivir con ella, tráemela que yo la aceptaré sin importar cuántos hijos tenga.
Con el tiempo las hermanas se terminaron de ir con otros marinos, no con sus novios y ellos construyeron una casa al lado de su progenitora y llegaron los hijos, primero una hembra y luego un varón, a ella la pusieron Elena sin hache y a él Augusto como su padre fallecido, de tal modo que para quienes no los conocieran sin dudas los creerían muy aficionados al imperio romano.
Extracto del "Capitulo III" de mi novela inedita "El escritor"