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Gracias por el tiempo compartido,
por las horas inmarcesibles
en las cuales tu presencia
sirvió de cobijo ante la inclemencia
de la soledad y el olvido.
Gracias por los afectos eternos
que de tu corazón recibimos.
Por esa sonrisa afable y abnegada
que nos sirvió de escudo cuando
el desanimo cruel nos hería.
Por esa mano que nunca
desfalleció ante la adversidad
e hizo de las nuestras
osadas y valientes saetas
que vencieron el cansancio.
Gracias maestro por lo que nos distes,
por lo que faltó por darnos,
por las enseñanzas y alegrías,
por estos años maravillosos
que nunca olvidaremos.
Siempre serás el cirio
encendido que nos recordará
que nunca podemos desfallecer
mientras el prójimo nos necesite.
El alma de nuestros sentimientos.