Para confrontar (me) (nos)

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Hace varios años escribí este pequeño ensayo, con el cual me reencontré en una búsqueda entre mis archivos digitales de textos propios. Lo releí, y me sorprendió su vigencia, su actualidad. Así que se me ocurrió compartirlo por esta plataforma con ustedes, virtuales lectores.

The glass house, de Magritte.jpg

"The glass house" (1939), de René Magritte Fuente

A diario nos encontramos frente a la realidad apabullante de la inercia y el sinsentido. Los aires de este tiempo parecieran plenar nuestra atmósfera de un individualismo disperso y una experiencia gregaria de la indiferencia. La cultura mass-mediática poluciona el ambiente con sus estrategias que vacían los discursos y las prácticas. Lo cool y lo light inundan nuestra percepción y se erigen en visión del mundo. Sentimientos-prótesis, necesidades inseminadas, conductas clonadas, pensamientos tecnologizados y formalizados por un futuro que nos desconoce. El simulacro se ha convertido en nuestra única tierra (¿tierra baldía?). Somos cuerpos y conciencias flotantes, deslocalizados, desubstancializados -como le gusta decir a Gilles Lipovetsky-, en el gran marco de la atomización globalizada. La palabra se torna forma hueca, charlatanería y reiteración, fórmula sin testimonio y sin dios, instrumento de discursos políticos, publicitarios, egotistas, resto perdido en el torrente de la producción serial de la cotidianidad. Nuestras acciones, desdibujadas y pálidas, se cumplen como si no existiera el imperativo del sentido deseado, de la pasión y el afecto, de la búsqueda del sí-mismo que nos devuelve el mundo en el rostro propio y en el del otro –"mi semejante, mi hermano”. Acabamos siendo encuentro de intolerancias y de sequedades, oídos sin escucha, condena de la diferencia, “trizas de papel” que no se juntan aunque sólo fuera para palparse las texturas y atender sus balbuceos.

Frente a esto –lo dicho y lo no-dicho– me detengo a pensar. Dudo. Me confronto, y siento que la complicidad con lo existente se ha aposentado en nosotros. La apuesta ha quedado atrás. Nos contentamos con lo mínimo. Rehuimos la posibilidad de encarar lo que hacemos y otros hacen (mal o bien, según cada parecer) o dejan de hacer. Es preferible no decir nada. Puede haber o no, en fin, da lo mismo. Si nos atrevemos a decir, en favor o en contra, aparecerán los rótulos, las condenas sutiles o groseras. Aceptamos o erramos. No hay confrontación. Y lo peor, la mayoría de la veces, no hay con qué confrontar. Perdemos el espejo del agua donde podríamos vernos, reconocernos o desconocernos. O cuando el espejo aparece se empaña con la mirada turbia de nuestras poquedades.

Nuestro quehacer (o deshacer) teme o niega el diálogo, la disidencia, las miradas (es decir, la apreciación y el pensamiento) que pueden abrir la corriente para rehacer el tiempo que somos, para trastocar la inercia y el sinsentido.

Vector abstracto 1.jpg

Gracias por su lectura.

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