Hace varios años escribí este pequeño ensayo, con el cual me reencontré en una búsqueda entre mis archivos digitales de textos propios. Lo releí, y me sorprendió su vigencia, su actualidad. Así que se me ocurrió compartirlo por esta plataforma con ustedes, virtuales lectores.
A diario nos encontramos frente a la realidad apabullante de la inercia y el sinsentido. Los aires de este tiempo parecieran plenar nuestra atmósfera de un individualismo disperso y una experiencia gregaria de la indiferencia. La cultura mass-mediática poluciona el ambiente con sus estrategias que vacían los discursos y las prácticas. Lo cool y lo light inundan nuestra percepción y se erigen en visión del mundo. Sentimientos-prótesis, necesidades inseminadas, conductas clonadas, pensamientos tecnologizados y formalizados por un futuro que nos desconoce. El simulacro se ha convertido en nuestra única tierra (¿tierra baldía?). Somos cuerpos y conciencias flotantes, deslocalizados, desubstancializados -como le gusta decir a Gilles Lipovetsky-, en el gran marco de la atomización globalizada. La palabra se torna forma hueca, charlatanería y reiteración, fórmula sin testimonio y sin dios, instrumento de discursos políticos, publicitarios, egotistas, resto perdido en el torrente de la producción serial de la cotidianidad. Nuestras acciones, desdibujadas y pálidas, se cumplen como si no existiera el imperativo del sentido deseado, de la pasión y el afecto, de la búsqueda del sí-mismo que nos devuelve el mundo en el rostro propio y en el del otro –"mi semejante, mi hermano”. Acabamos siendo encuentro de intolerancias y de sequedades, oídos sin escucha, condena de la diferencia, “trizas de papel” que no se juntan aunque sólo fuera para palparse las texturas y atender sus balbuceos.
Frente a esto –lo dicho y lo no-dicho– me detengo a pensar. Dudo. Me confronto, y siento que la complicidad con lo existente se ha aposentado en nosotros. La apuesta ha quedado atrás. Nos contentamos con lo mínimo. Rehuimos la posibilidad de encarar lo que hacemos y otros hacen (mal o bien, según cada parecer) o dejan de hacer. Es preferible no decir nada. Puede haber o no, en fin, da lo mismo. Si nos atrevemos a decir, en favor o en contra, aparecerán los rótulos, las condenas sutiles o groseras. Aceptamos o erramos. No hay confrontación. Y lo peor, la mayoría de la veces, no hay con qué confrontar. Perdemos el espejo del agua donde podríamos vernos, reconocernos o desconocernos. O cuando el espejo aparece se empaña con la mirada turbia de nuestras poquedades.
Nuestro quehacer (o deshacer) teme o niega el diálogo, la disidencia, las miradas (es decir, la apreciación y el pensamiento) que pueden abrir la corriente para rehacer el tiempo que somos, para trastocar la inercia y el sinsentido.