Siempre será necesario volver a Michel de Montaigne, quien es considerado el creador del género textual-literario que él mismo bautizara como ensayo, escritor nacido en Burdeos (Francia) el 28 de febrero de 1533. Montaigne reunió sus essays, inicialmente, en dos libros publicados en 1580, y luego en 1588, en una reedición de estos, agregó un tercer libro.
Teniéndome como un amante –y practicante, en lo posible– del ensayo en su carácter originario, es decir, montaigniano, al que he dedicado mi atención por mucho tiempo como lector, escritor y docente, redacté en 2021, en esta plataforma, un post en el que sintetizaba la naturaleza del ensayo tal como él lo concibió; si estás interesado puedes leerlo en el siguiente enlace.
Así, pues, el propósito del post actual no será referirme a lo ya tratado (ni a su biografía), sino ofrecer unos fragmentos (cabos, los llamé) de su pensamiento presente en algunos ensayos. Hombre del Renacimiento, de una formación filosófica clásica grecolatina (no podía ser de otro modo en esa época), Montaigne expone en sus ensayos el ejercicio de su reflexión personal, tocada por el escepticismo filosófico (la duda y la incertidumbre), cierto hedonismo (epicureísmo), y, sobre todo, su defensa de la libertad de pensamiento. Veamos algunas de esas astillas.
Parece más propio del ingenio el ser rápido e imprevisto, y más propio del juicio el ser lento y pausado. Mas el que permanece totalmente mudo si no tiene ocasión de prepararse y aquél a quien el tiempo no ofrece la posibilidad de hablar mejor, son igualmente incapaces. (Libro I, cap. X)
(…) el escritor no ha de dar cuenta más que de una verdad prestada. (Libro I, cap. XX)
En estos dos hilos Montaigne, aunque no lo diga directamente, se describe, pues ese es el carácter del ensayo, en su concepción. Su pensamiento, más juicio que ingenio, es reposado y paulatino, y así construye sus ejercicios, mas ejerce su palabra, no la oculta o silencia, aun sabiendo que no posee una verdad absoluta, sino aproximaciones y dudas.
La soledad me parece más plausible y razonable entre quienes han entregado al mundo su edad más activa y floreciente, siguiendo el ejemplo de Tales.
Ya hemos vivido bastante para los demás; vivamos para nosotros al menos este extremo de vida. Dirijamos hacia nosotros mismos y hacia nuestra felicidad pensamientos e intenciones. No es poco asegurar la retirada; nos da suficiente trabajo sin haber de añadir otras empresas. Puesto que Dios nos concede tiempo para disponer de nuestro desalojo, preparémonos, hagamos el equipaje, despidámonos a tiempo de la compañía, desembaracémonos de esas violentas ataduras que nos retienen en otro sitio y nos alejan de nosotros mismos. Hay que desatar esos lazos tan fuertes, y a partir de ahora amar esto y aquello, pero no casarse sino consigo mismo. Es decir: que el resto nos pertenezca, pero no unido y adherido de tal manera que no podamos desprendernos de ellos sin desollarnos y arrancarnos a la vez alguna parte nuestra. La cosa más importante del mundo es saber ser para uno mismo.
Tenemos aquí un fragmento en el que Montaigne, ya retirado en su vejez, insiste en lo que ha sido un motivo de su pensamiento: el mirarse a sí mismo, no en una actitud onanista o solipsista, sino como un volver a encontrarse, y la lentitud y pausa de la vejez (el “senex” de los griegos, que Carl Jung retomara en oposición al “puer”), ya aludidas, se conjugan con este estado del espíritu. Reflexión semejante la podemos encontrar, por ejemplo, en su ensayo “Todas las cosas tienen su hora” (Libro II, cap. XXVIII).
Referencias:
Montaigne, Michel de (1992). Ensayos (I, II y II). España: Edit. Cátedra.
Puede acceder a una edición de todos los ensayos de Montaigne en este enlace.
Gracias por su lectura.