Imagen y diseño de mi autoría - @jlinaresp
Hoy es “martes de carnaval”… Y desconozco como discurre más allá de las fronteras de mi pueblo, pues me la paso encerrado entre sus límites cotidianos, saliendo en contadas ocasiones para adquirir algo que aquí no se encuentre o no se pueda hacer llegar la oficina de Zoom que tengo a cuatro calles de mi casa.
El caso es que, desde hace más o menos una semana, estas calles, las noches y los atardeceres se han visto perturbados por el ruido, por la pachanga y el jolgorio. Ustedes saben: “Los Carnavales” pero aliñados (nunca mejor dicho) con otras cosas, que van desde el comportamiento incivil de los zagaletones acelerando motos y carros, hasta las jaurías de intoxicados persiguiéndose para embadurnarse de cuanto menjurje pútrido han estado macerando durante semanas para la “celebración de las fiestas”. Y hago énfasis en lo de “intoxicados” porque no existe otra explicación para la energía que despliegan durante las sesiones de agresión musical e insomnio (el de ellos y el del vecindario “cuerdo” que no compite por suicidarse celebrando).
Y bueno, como hoy amanecí con ganas de escribir, comencé escribiendo sobre esto que es lo que más está en el tapete, cuando menos localmente. Pero –caray- se me vienen a la mente temas más extensos, de esos que se escapan vehementes, de mi diminuto ascetismo procurado en medio de esta mayoría de “personas dulces y sonrientes”. Y me refiero a otros, los de mi entorno, como “dulces y sonrientes” para usar un eufemismo que no les ofenda, pues “comunes y corrientes” me gusta más y me parece más acertado. Y es que, según les he escuchado decir: No tienen amigos imaginarios, ni ven duendes diminutos caminando entre las basuras de las calles, acariciando a los perritos callejeros y dándoles de comer.
Créame, la gran mayoría son personas muy extrañas, algunos me han confesado que no tienen una voz interior que les hable todo el tiempo, y buena parte de ellos no saben quién era Tesla y mucho menos Benedetti o Platón. ¡Una barbaridad carajo, por eso es que se la viven sonriendo! Son tan felices in extremis que se la pasan trabajando duro, para poder disfrutar a borbotones de lo que ganan y luego se enferman un tiempo (sarpullidos casi siempre) y hacen un esfuerzo titánico por sanarse y volver a trabajar para ganar más y disfrutarlo y volver a enfermarse. Pero sufren de extrañas alergias, casi todas a la lectura, a la reflexión, a la introspección. Créanme, son legendarios los “sarpullidos” que les causan estas cosas.
Y cuando lo ven a uno por ahí, paseando los perros, tomando fotos, mirando pajaritos y hadas traslucidas que se indignan cuando ven las paredes percudidas y los montones de basura. Bueno, lo abordan a uno sin misericordia y le preguntan de forma casi agresiva cosas tales como: ¿Y de que carajos vives tú?, ¿Para qué es eso, cuanto se le gana?, ¿Te llegó el bono?, ¿Pudiste echar gasolina?... Y –caray- uno tiene que inventarles “embustes”, para que no estallen como chicharras y se meen, porque si uno les dice que: “Se vive de la energía sublime que todo lo puebla sin diferencias, que haciendo fotos no se gana nada en metálico pero sí un profundo crecimiento espiritual, que nunca ha recibido un bono de nada y no entiende de eso, y que vendió los carros para no tener que hacer colas por gasolina”... Pues… ¡PAFFF!... Se mueren, estallan y se estiran y te dicen loco, disociado, aberrado y pare usted de contar. Luego se van corriendo y despotricando a comentar con quien sea que se topen, la locura detectada en este humilde servidor que solo pretendía pasear a sus perritos y hacer un par de fotos, mientras la voz de Benedetti le habla acerca del "Advaita Vedanta" en su cabeza inexplicable.
Entonces uno, carajo, prefiere fabricarles el embuste cotidiano: “Vivo del negocio, de comprar y vender mercancía, las fotos las vendo por Shutterstock, no he revisado la cuenta para ver si cayó el bono y sí, ayer hice la cola en la estación, le eché a los dos carros y llené seis pimpinas”... Y bueno ¡Ahí si te abrazan! y te tratan de “compadre” y se hacen solidarios contigo y todo fluye. Luego se levantan y se van para seguir suicidándose en su vacío, pero no sin concertar alguna cita a futuro para seguir conversando sobre el pegote cotidiano: “Nos vemos el sábado en la licorería para echarnos unos palos, hacer un sancocho y jugar una partida”. Uno los despide con la sonrisa en la cara mientras reflexiona sobre las dos décadas que han pasado desde la última cerveza y recordando que a las ocho de la noche ya anda uno dándose cabezazos por el sueño que lo ataca.
¡Cucaracha en baile de gallinas!... Suelta Benedetti explícito en mi cabeza, mientras Twitter en el celular delata a algún déspota intentando detonar lo poco que queda de mundo racional… Ahora es Putin, mañana otro. Nunca faltan, es como si satán tuviera avatares naciendo en cada esquina, como si no se cansara de complicar las cosas aún más, en un mundo que no la tiene nada fácil estos días.
Thor (no me refiero al mítico Dios Vikingo, cuya patente robó Marvel creo, sino a mi querido perro Jack Russell macho) comienza a ladrar sin pausa y me saca de mi embeleso reflexivo. De nuevo está viendo cosas, ladra compulsivamente hacia arriba y se levanta sobre sus patas posteriores. Thor tiene poderes místicos, de nuevo está viendo ángeles, los ve revolotear sobre las espadañas de la vieja iglesia parroquial. Tengo que llevármelo de ahí antes de que enloquezca. La última vez que esto sucedió, un enorme ángel color azafrán bajó a saludar y Thor casi lo muerde… ¡Imagínense que bochorno!, ¡El perro de uno arrancándole un pedazo a un ángel, no juegue!, ¡Líbreme Dios!...
Retorno a mi casa, pensando en dejar a Thor y sacar a “Mancha” a pasear (mi perrita también Jack Russell). Cuando entro, mi esposa, mi amada ninfa de ojos verdes y sienes canosas, que me mantiene atado a este extraño planeta material, está limpiando los muebles del viejo corredor de nuestra casa de más de cien años, mientras una de esas series de Netflix que no entiendo, transcurre en la pantalla de su celular puesto en un pequeño trípode sobre una mesa y "casado" con unas odiosas cornetitas Bluetooth que parecen mágicas por lo duro que suenan y lo pequeñas que son. Ella no se ha percatado, pero mi abuelo Marcos, está sentado en la poltrona grande del rincón, Thor ladra de nuevo, siempre lo hace cuando ve a mi abuelo, quien murió en esta misma casa hace unos cuarenta y cinco años, pero sigue viniendo a visitarme de vez en cuando. Yo le pido la bendición y él sonríe mientras hace una cruz con su mano derecha… Thor casi se desmaya, pero no le hago caso. Ya debería estar acostumbrado, pero no es así. Mi esposa contesta: “Dios te bendiga”, creyendo que era con ella mi solicitud de bendiciones.
Martes de Carnaval, pero mi mundo no se entera del todo, seguimos igual de complicados, con un pie en un extremo y el otro más allá.