Una cuarentena inolvidable
Soy más lector que escritor porque dedico más tiempo a lo primero que a lo segundo, pero ambas, leer y escribir, son mis dos pasiones cotidianas. Por las mañanas me levanto pensando qué escribiré o qué aventura me depararán las nuevas páginas en las que me adentraré a viajar porque eso es la lectura, un viaje a través del tiempo; también antes de dormir pienso en las infinitas posibilidades que hay en los libros para soñar y en la escritura para conocernos y conocer a otros.
Esa pasión por la lectura y el interés por la invención de historias me llevó a terminar mi segunda novela, Una cuarentena inolvidable . Un libro que comienza con una adolescente inventando una historia sobre el coronavirus y que termina con una lucha por la sobrevivencia del continente americano. Un esfuerzo modesto, amparado en lo que hasta ahora he aprendido del oficio de la escritura; de modo que es más un ejercicio atrevido y aventurero por crear mundos paralelos a través de la ficción, provocado por mi deseo de llegar a ser un escritor y que a su vez me sirve para sopesar mi imaginación, mi incipiente creatividad, mis desconocimientos literarios y mi profundidad en el lenguaje.
Fue en viaje de aprendizaje en el que intenté recrear la realidad cruel y devastadora de la pandemia y para ello me valgo de dos hermanas adolescentes a las que un día descubrí como posibilidad para que contaran lo que quería contar, un caso de cuarentena, en una familia particular, con sus problemas habituales y que todo eso se fuera mezclando con la ficción hasta que se fusionaran en una sola historia.
Sé que la fusión la logré, pero queda para el lector averiguar si la forma cómo está contada gusta o no. Es un libro sencillo, breve, pensado para adolescentes; las protagonistas son mis propias sobrinas, metamorfoseadas; con un tema común y en un presente real que aún nos pincha con sus secuelas; al que le inyecto fantasía y en el que pongo a una de la protagonista a razonar acerca de la ética, basándome en el libro Ética para amador, de Fernando Savater, una pretensión que se me ocurrió debido a mi condición de docente.
En conclusión, en este libro me animó un proceso de experimentación y del que obtuve bonitos aprendizajes y por supuesto, mucho gozo. Finalmente quiero decirles que Una cuarentena inolvidable está disponible en Amazon, gracias al apoyo del Taller-Estudio Latinoamericano de Letras, quien me hizo el trabajo ortotipográfico, maquetado y publicarlo a través de su imprenta. Les dejo un capítulo para su apreciación.
PRIMERA BATALLA
Sí hubo sorpresa. Lo que Él me contó fueron palabras hechas con verdades crudas:
—Tu gata estaba metida en la batalla. No sólo ella, una manada de gatos callejeros que saltaban de rama en rama atrapando bichos; con razón los chasquidos, el tronar de las ramas, los chillidos de muerte.
Él hablaba y yo paraba las orejas.
—Una batalla de gatos contra murciélagos, un enfrentamiento desigual porque los mamíferos chupasangre multiplican por cifras a los mamíferos felinos, que están dejando el hueso por el continente. Medio mundo de murciélagos contra un pelotón de gatos callejeros que salieron a dar la cara, a recordarle a la humanidad que el planeta está más lleno de héroes anónimos que de estatuas con figuras de ilustres; que salieron a poner la cáscara de la carne a prueba, porque eso es el pellejo y para eso debería usarse, para defender la vida.
Me seguía contando y yo seguía alargando las puntas de mis orejas.
—Los gatos llegaron de sorpresa y cayeron sobre los murciélagos. Usaron la noche como su especialidad, recordaron que los jardines eran sus casas, las ramas de los arbustos sus caminos, la cacería su sobrevivencia, el pillaje su estrategia secreta y la confianza, lo que los mantuvo firmes. Aparecieron por los tejados, despertaron de sus sueños, bajaron de sus lunas. Saltaban sobre las sombras, aplastaban a los caídos, desgarraban con sus colmillos, estaban siendo tan certeros como si fueran tigres de la noche.
Me contaba más y mis orejas no paraban de crecer.
—Llegaron y se fueron yendo uno a uno. A un gato pardo, el más pesado de todos, lo levantó una sombra de murciélagos, que en las alturas se volvió roja, líquida y como una nube se desintegró, pero en murciélago, que se integraban nuevamente en otra sombra para volar y atrapar a otro gato. Los pobres felinos caían desde el aire y como un árbol seco que al caer se astilla, sus huesos volaban nuevamente en pedazos y quedaban regados junto a las flores del jardín.
Y mientras más grande eran mis orejas, más grande se me iba haciendo también el dolor por lo que escuchaba.
—Uno a uno fueron cayendo. Eran demasiados contra los nuestros, pero los nuestros no huyeron. Le estaban diciendo a los murcichis, aquí estamos, somos esta parte del jardín de la vida que no es ni rosa ni espina ni mano que corta, sino naturaleza completa, que vive para que nadie venga a echarnos, así como si nada.
Cayeron mis orejas, pero no el dolor; era cuestión de minutos para que en el jardín quedara la reguera de huesos de aquellos tigres de la noche.
Texto e imagen de @jesuspsoto