Sueño con barcos de papel. Moldeo bustos de plastilinas. Esculpo estatuas con porexpán. Escribo novelas en hojas de plátano. Fabrico zuecos con tacos de madera y me perfumo con la flor de avispa.
Escucho las voces desde que tengo uso de razón. Al principio pensé que eran adultos que vivían dentro de las paredes y que hablaban en voz muy baja. Recuerdo que me quedaba sentado viendo un rincón de la casa de mi abuela durante horas intentando comprender lo que decían. A veces pegaba la oreja a la pared para escuchar con más atención. En esas ocasiones mi hermana mayor me decía cosas como “estás como una cabra”, “a veces me das miedo”, “seguro que eres adoptado”. Lo de la cabra me resultaba más enigmático. Me imaginaba a mí mismo como un niño cabritillo saltando por todos lados, con pequeños cuernos y un flautín, cual sátiro. La idea me resultaba de lo más atrayente.
A medida que iba cumpliendo años, las voces se hicieron más claras. Y no solo no venían de dentro de la pared, sino que las podía oír en cualquier lugar, incluso en el patio. Recuerdo un día en el cual tuve una conversación interesantísima con una de las voces que venía de uno de los árboles que estaba plantado desde hacía décadas en medio del terreno que teníamos detrás de la casa familiar, un enorme árbol de mango. La voz me contó la historia de una niña de mi edad que había vivido hace muchos años en la misma casa y que también hablaba con los árboles, arbustos y flores. Ella misma había plantado el árbol. Por aquel entonces mi familia y vecinos se lo tomaban como un juego inocente, “que imaginación tiene el niño”, “de mayor será escritor”, “necesita jugar con otros niños”.
Llegando a la pubertad, el “juego de niño”, empezó a convertirse en algo serio para los adultos, algo así como una tara y/o retraso mental. La primera vez que me llevaron a un médico fue porque mi madre me sorprendió hablando con el cuadro de una antepasada, su bisabuela, en mitad de la noche. En un mundo donde la superstición impera más que el raciocinio, lo raro es que no me llevaran al chamán del pueblo. El médico me hizo una serie de preguntas, pruebas, exámenes de sangre, de orina e incluso de heces.
Según los resultados, de los diferentes análisis, llegaron a la conclusión de que era intolerante a la lactosa. No era tonto ni retrasado, eso ya lo sabía yo y lo constataban mis resultados académicos. Tampoco se pudo asegurar de que estuviera loco, no mostraba signos al respecto. Pero como no dejaba de hablar “solo”, me siguieron llevando a psicólogos, psiquiatras y demás loqueros habidos y por haber.
Cuando la cosa se empezó a poner serias para mí, decidí dejar de hablar con las voces. Tarea harto difícil, ya que Las Voces no me dejaban de hablar y como no les contestara, se irritaban y elevaban la voz hasta impedir que escuchara todo lo demás. Un día quise medir mi fuerza de voluntad con las suyas y acabé con un ataque de histeria que me condujo a mi primer internamiento de Enfermos Mentales.
Estuve una semana atado a una cama. Y cada ocho horas me administraban una dosis de fármacos que cambió significativamente mi estado mental, comencé a ver a los dueños de las voces.