Él está agazapado en aquel sótano con poca iluminación, cundido por gente uniformada no mayor de veinte años.
Todos fueron sorprendidos por la alarma, y pronto el rumor del inminente ataque corrió por las barracas. Así que él, como borrego siguió las órdenes de un cabo, quien a pesar de la dureza reflejada en el rostro, juzgaba coetáneo y sin experiencia.
Se suponía que el entrenamiento militar empezaría precisamente ese día, pero las circunstancias inestables del país determinaron que él iría al combate, no contra el enemigo externo, sino en contra de sus propios compatriotas para defender al gobierno.
Sí, tanto para él como para sus compañeros eran tiempos peligrosos. Y si se enlistó, fue por la oferta de prebendas socioeconómicas. Él tuvo la suerte o desdicha, de haber sido seleccionado para formar parte de los reemplazos de la guardia presidencial.
Vio a gente correr armados hasta los dientes, mientras él permanecía inmóvil en cuclillas a la espera de órdenes. Los cabos hablaban entre sí sobre lo mucho que deseaban entrar en acción.
Un hombre en edad madura lleno de estrellas doradas le dijo a otro más joven con estrellas plateadas, que escogiera a diez reclutas para apostarlos al frente de la entrada del cuartel.
Pensó, «con seguridad, seré elegido.»
No se equivocó.
Nunca antes había tenido un fusil entre las manos. Fascinado escuchó las apresuradas instrucciones sobre el funcionamiento y cómo debe alinear las miras para apuntar y disparar al objetivo.
Ruidos de aviones y explosiones estremecían las paredes del sótano cuando recibe la orden de subir las escaleras en caracol hasta la planta.
Quedo mudo cuando escuchó de la radio portátil del jefe de la cuadrilla la orden de defender el puesto hasta la muerte. Lo irónico fue el comentario final del otro lado de la bocina al puntualizar que si llegaban al puesto de comando era porque estaban muertos.
Los rostros inexpresivos pero sudorosos de los otros reclutas, a quienes aún no había tenido tiempo de conocer, eran un reflejo del suyo propio. La suerte estaba echada.
Vio al fondo y un pitido agudo lo ensordeció. Solo quedaba un hondo hueco entre llamas del lugar donde había comido tres veces en el día anterior.
Jamás imagino estar en una situación como esa. Pensó, ¿cómo es posible? Se supone que el lugar más custodiado y seguro de un país, es el centro e donde descansa el poder.
Al recuperar la audición todos marcharon uno detrás del otro con rapidez hacia la magnífica puerta blanca y ovoidal por donde hacía dos días entraron en los autobuses con expectación.
Los aviones surcan el cielo dejando caer dardos mortíferos, cuando asombrados ven en un santiamén hecho escombros, el lugar a donde debían estar.
De repente, escucha el bramido potente proveniente de otros aviones persiguiendo a los bombarderos hasta que los destruyen sobre el cielo de la ciudad.
No puede creer estar protagonizando un evento tan significativo para el cual, ni siquiera está entrenado. Si sobrevivía tendría una gran historia que contar a sus hijos y nietos en el futuro. Claro, primero tendría que casarse, según sus creencias.
Así, entre órdenes y contra órdenes, paso el resto del día bajo mucha presión esperando el asalto por tierra que nunca llegó.
Los rebeldes habían sido reducido antes de llegar a la ciudad, y los aviones obligados a aterrizar o destruidos en pleno vuelo.
Él sintió que había ganado la batalla sin disparar un tiro. Aunque, al enterarse, días después sobre la muerte de su mejor amigo en el bando contrario, sintió una gran pena, pues el único error o mala suerte de este, fue haber sido elegido para aquella unidad de élite que se sublevaría.
Cayó en cuenta que de haber triunfado la revuelta, quizás, él estaría en un ataúd, sin ninguna historia que contar.
Una micro ficción original de @janaveda
Imagen de Robert Waghorn en Pixabay