Micro ficción: Los bandoleros y Amable

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Amable era un hombre con una salud y lucidez mental envidiables.

Todos en el pueblo lo estimaban sobre manera, él siempre hizo honor a su nombre, inclusive durante los momentos más difíciles, como cuando unos bandoleros tomaron por asalto la granja en donde nació, regalo de su padre, y que cuidó hasta su último día.

La fatídica mañana del 15 de julio, él inició la rutina ininterrumpida de levantarse a las 05:00 am. Un hábito inculcado por sus padres, don Joaquín y doña María, y que le había hecho muy próspero. Nadie mejor que él para dar contenido al dicho de quien temprano se levanta, recoge agua clara, y Dios le ayuda.

Amable era un filántropo consumado y reservado, quien solía donar sin reparo hasta el 70 por ciento de las ganancias por la venta de las cosechas anuales. Nunca le afectó ni la peor sequía, y los envidiosos rumoreaban que debía tener un trato con alguna entidad sobrenatural, puesto sus frutos eran siempre exorbitantes y hermosos.

Los bandoleros irrumpieron cerca de las ocho de la mañana, quedando boquiabiertos por la calidez del recibimiento del noble anciano. La invitación al desayuno parecía anunciada, puesto en la mesa estaba servido cinco platos llenos de los mejores frutos y productos de la granja.

Así mismo, yacía en la cabecera de la mesa, tres maletines con dinero.

El jefe de los bandoleros, vacilante y muy sorprendido, observó a Amable y le preguntó, por qué hacía eso y quién le anunció de su llegada.

Los vi llegar en un sueño para cumplir con la encomienda. ¡Tú eres Florencio, el hijo de Marta! Te recuerdo bien. Aunque cuando te conocí eras un niño de brazos y balbuceabas. Le dije a tu madre, que tú estabas destinado a hacer el bien, a pesar de que tambalearía al borde del abismo. Ha llegado el día de que decidas.

Los hombres de Florencio estaban nerviosos. Uno de ellos, apostado a diestra del jefe, dijo sobresaltado que era verdad lo que se decía de Amable.

Otro dijo, vamos Florencio, no tengas miedo. Mátale, y mientras aún su cadáver este caliente, comamos, tomemos el botín y marchémonos del pueblo.

Amable no lo dejó terminar.

¡A ti también te conozco! Tú eres el hijo de Minerva. Lamenté mucho su muerte a manos de unos bandoleros como lo eres ahora. Ella tan solo te protegía. Cuando a Teófilo se le escapó el disparo, ella forcejeaba asida a la bolsa de comida que el párroco Marcelo le había entregado una mañana como la de hoy.

¡No charlemos más, y siéntense! No dejen que la comida se enfríe. Si aun así quieren matarme. ¡Pues háganlo!, a mis noventa y siete años: ¿por qué he de temer a la muerte?

Florencio contrariado vio la luz en la extraña situación.

¡Hagan caso, coman, y déjense de tonterías!

Mientras comían, Amable llamó a aparte a Florencio mientras tomaba dos de los maletines.

¿Qué quieres de mí, viejo tonto?

Amable rio, diciéndole que así lo llama Marta. Cumpliéndose el refrán del palo y la astilla.

Prosiguió encomendándole los maletines e invitándole a firmar los documentos de propiedad de la granja, ya notariado.

Florencio estupefacto perdió el aliento y casi cae al suelo.

En ti está en que mi obra continúe, o termine aquí llevándote estos dos maletines. El de la mesa, es un regalo para tus hombres. Por cierto, ellos también pueden ayudarte si se los propones.

Dime Amable, ¿para quiénes son estos maletines?

Florencio creo que está por demás explicártelo. ¿Quién crees que mantiene el pueblo?

¡Tú!

¡Oh no! Yo solo soy un instrumento.

Aquella noche, Amable descansó tan profundo que olvidó levantarse para siempre.

Fin

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Una micro ficción original de janaveda@janaveda

Imagen de jason M en Pixabay

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Muchas gracias por leerme, espero sea de su agrado.

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