Llega el fin de semana, y ve como la despensa está vacía. Los tiempos son difíciles, y el dinero no fluye como solía hacerlo en el pasado.
Algo que lo aterra, es no tener nada para comer.
Busca atareado entre los enseres algo para vender en el mercado ambulante de fin de semana. Pero decepcionado, cae en cuenta que no posee ya nada de valor.
Piensa, «abajo el orgullo, no me queda más opción que pedir, o robar. ¡Bueno, robar nunca! No aguantaría la mirada de mi madre, si estuviese vida. A lo mejor, aún me observa desde el más allá.»
Sale de la casa con rumbo al mercado. En el trayecto, con la cabeza erguida, va saludando a quien se le cruza en el camino, mientras se ruboriza por adelantado al verse pidiendo.
Busca un espacio estratégico y titubea cuando ve a la vecina aproximándose al mercado. Exclama: ¡Quizás no sea una buena idea!, alentado por el orgullo escondido dentro de sí.
Ella se detiene para saludarlo con efusividad. El nudo en la garganta solo le permite retribuirle con una sonrisa nerviosa y sentimientos encontrados inundan su ser.
La vecina de toda la vida, nota enseguida algo extraño en su comportamiento y le pregunta que le pasa.
Él la mira y logra articular que nada. Pero ella, una mujer intuitiva y bien informada, sabe de la mala situación económica de su vecino. Así que, sin mediar palabra se despide.
Transcurren los minutos y él está ensimismado debatiéndose entre pedir o marcharse, cuando es interrumpido por la vecina, quien le ofrece una bolsa repleta de comida.
Él sorprendido rechaza la oferta, pero ella no acepta la negativa e insiste diciéndole: ¡No sea orgulloso! ¡Tómelo como un adelanto! Además, yo no tengo como pagarle, y sino, considérelo como un préstamo indefinido.
Ella sonrió con dulzura y lo besó en la mejilla, mientras en su interior le agradecía, el haber salvado a su hijo mayor del mal camino a través del ejemplo y los sabios consejos que le dio.
Una micro ficción original de @janaveda
Imagen de Hatice EROL en Pixabay