En medio de la noche, los hermanos Pedroza acompañan a Juan al terreno del difunto Pedro, desoyendo las advertencias de los viejos del pueblo.
En algún lugar de aquella tierra hay un tesoro enterrado que muchos buscan infructuosamente desde hace décadas. El mayor de los Pedroza comenta que quizás el asunto del entierro es un cuento más de camino para entretener a los codiciosos y dar un aura de misterio.
De repente, una esfera de luz cruza justo en frente de ellos. Juan dice, «esta es la señal que dice Miguel que apunta al tesoro».
El menor de los Pedroza piensa, «Juan, si que está loco, si le cree a Miguel. Hace un mes que salió del manicomio luego de ser hallado delirando en este terreno.» Su hermano lo mira, lo conoce bastante bien y le dice sonriendo que más locos están ellos por seguir a Juan.
—¡Dense prisa muchachos. El tesoro nos espera! ¡Hoy seremos ricos!
La esfera zigzaguea entre los matorrales y parece aminorar la marcha como si esperara por ellos. La luna llena es inmensa, contribuyendo con las luces encintadas en las frentes.
El menor recuerda el relato sobre el tesoro de Pedro que le erizaba contado por el abuelo, y empieza a creer que no es tan buena idea ir por este.
—¡Miren. Es allí, donde entró la luz!
El mayor de los Pedroza exclama casi susurrante que sería mejor desistir al sentir los pelos de punta.
—¡No sean cobardes! —, respondió Juan, agregando. —¡Estén alertas, no sea una broma de alguien que quiera pasarse de listo!
Los tres hombres miraron alrededor cerciorándose de estar a solas en el sitio donde se ocultó la esfera de luz. Entonces, Juan los instó a cavar sin demoras.
Según el relato, el tesoro de Pedro provino de múltiples robos y asesinatos no comprobados y fue enterrado con él, por quien logró vengar los males que él produjo en inocentes.
La tierra compacta hizo rebotar cada intento de los hombres.
—¿Qué pasa? —, gritó Juan al ver cada palada sin sacudir nada.
—¡Quizás aquí no es! —, respondiendo al unísono los hermanos, mientras se veían el uno al otro.
Una voz muy grave casi imperceptible los sacude provocando el incremento de la tensión en el menor de los hermanos.
—¡Paremos ya! —, grita este, y acto seguido pregunta de qué servirá el tesoro si los atrapa Pedro.
—¡Déjate de superstición! Acaso no sabes que los muertos son muertos, nada sienten, ni mucho menos hacen.
—¡Pero eso no es lo que dicen los viejos! —, responde el mayor de los hermanos apoyando al menor con los ojos chispeantes.
—De haber sabido los miedosos y crédulos que son. Nada le hubiera dicho y vengo con mi hermana. —, fustiga Juan con ironía y algo molesto.
—¡Juan, Juan! —, luego de una breve pausa, sentenció. —¡Vengo por ti!
Los hermanos al escuchar a la grave voz con claridad inequívoca sueltan las palas e intentan arrastrar con ellos a Juan. Pero este se zafa y les dice que hoy al amanecer será el hombre más rico del pueblo.
El mayor le dice al hermano que no insista y lo jala fuerte por la manga de la camisa obligándolo a retroceder antes de que sea tarde.
Ambos corren mientras escuchan los alaridos del amigo dejado atrás, empero no miran lo que sucede a sus espaldas. Las palabras del sabio abuelo en el relato eran contundentes al contar cómo pocos salieron pobres de allí, pero cuerdos.
En el recodo de la huerta se agazapan junto a los pastizales a esperar la llegada del día. Aunque las voces graves y agudas se intercambian, ellos son incapaces de entenderlas.
Las horas pasan con lentitud y los murmullos acaban por desaparecer con los rayos del sol.
Aún sienten sobresaltos, pero la curiosidad por saber que sucedió con Juan, acaba por animarlos a caminar de nuevo en dirección hacía donde suponen estará el valiente amigo.
Caminan un largo trecho sin reconocer nada familiar en el lugar. Ambos discuten guiados por el remordimiento, recriminándose el abandono, cuando lo ven arrinconado al pie de un árbol con las manos sobre la cabeza.
El menor de los hermanos le pregunta si está bien, y Juan le responde: Los muertos, muertos están, pero la maldad no.
Luego de aquellas enigmáticas palabras, nada de lo que dijo tuvo coherencia. Desde entonces, Juan comparte la misma riqueza de Miguel, y de vez en cuando, visita el manicomio cuando este habla más de la cuenta del entierro.
Una micro ficción original de @janaveda
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