La barcaza rompía la monotonía del ancho río. Debajo de la superficie apacible, grandes saurios, monumentos vivientes de eras ya pretéritas, acechaban a cualquier alma incauta o desafortunada que osara a adentrarse en la mansa agua. Por si fuera poco, voraces cardúmenes de peces agresivos y hambrientos, competían con estos en la caza de intrusos sedientos y acalorados.
En la ribera, el capitán vio la figura imponente de un felino negro y robusto, arrastrando entre sus fauces al terror del ganado y de los venados. Era raro atestiguar como un animal acorazado, de unos cuatro metros de largo y lleno de dientes, era reducido al almuerzo de un gato colosal, excelente nadador y con el gusto por el baño.
Así que, era muy prudente estar cautos en todo momento.
El segundo del capitán exclamó mirando al sol en lo más alto del cielo lo cerca que estaban del destino: la aldea de la principal tribu de la región. Pronto intercambiarán baratijas por una hermosa y fina orfebrería dorada como plateada. Y si la suerte le sonreía; obtendrían alguna estatuilla de purísima esmeralda o turquesa.
Desde las alturas, una enorme ave, cuál harpía detrás de su objetivo, sobrevolaba observando la barcaza. Al frente se veían las sólidas chozas de hojas de palmas fuertemente trenzadas. Una docena de canoas anfitrionas rodearon la embarcación dándoles la bienvenida.
Cuatro tripulantes echaron las pesadas anclas en ambos lados, mientras el capitán y el más imberbe, con el saco acuesta, abordaban con sumo cuidado las canoas. El capitán en la del aborigen, ataviado con mayor plumaje, y su acompañante en la contigua, compartiendo el último tramo con rostros inexpresivos.
Por quinta vez, el capitán iba a negociar con los habitantes de la recóndita aldea, y era la primera vez del novicio marinero de agua dulce.
En la embarcación, el segundo, quedaba atento, pensando al verlos alejarse, en el destino de otros. Quienes desaparecieron sin dejar rastros en estos parajes, dando sustancia a las leyendas tenebrosas y fantásticas sobre los hombres de los ríos.
Ya en la orilla, el comité de recepción conformado por jóvenes mujeres de mediana estatura no mayores de quince años les pusieron collares de flores multicolores. Entre ellas, la hija del jefe tribal, dirigía a las otras a través de gestos graciosos hasta que se topó, frente a frente, con el joven de ojos verdes y abundante cabellera rubia. Ambos sonrieron en simultáneo, como si se conocieran de toda la vida.
El jefe balbuceó algo ininteligible tocando la punta de la pluma más larga del penacho. Era la primera vez que ocurría. El capitán pensó en una indiscreción del joven marino que podría acabar en malos términos, inclusive, en contra de sus propias vidas.
No obstante, el temor desapareció al poco tiempo al recibir de las manos del jefe, una vara humeante. Ambos fumaron para complacer a las entidades de la naturaleza.
Llegada la noche, el capitán estaba más que feliz. El saco había adquirido valor al deshacerse de las baratijas. En su lugar, el dorado, la plata y el verde resplandecían a la luz de la enorme luna llena.
Hombres y mujeres entraron en un profundo trance, inducido por la alucinógena sustancia entre las rituales varas huecas. En sigilo, la hija del jefe condujo al joven lanchero a un lugar apartado, en un arrebato de lujuria primitiva.
El capitán vio emerger, a contraluz, la figura etérea de una enorme onza alzándose por encima del penacho del jefe. Frotó sus ojos, espantándose ante la visión de las patas delanteras de un caimán, reemplazando sus manos. Pensó que soñaba, cuando escuchó el agudo grito de una gran ave de rapiña.
Al día siguiente, ambos hombres regresaron temprano a la barcaza. El segundo, notó algo inexplicable en la mirada escrutadora del capitán, y en la denodada curiosidad, como arañazos en los brazos del joven aprendiz de marino. Guardó silencio.
En la orilla, otro indígena exhibía orgulloso el penacho de jefe. De nuevo, la gran ave sobrevolaba la barcaza y el botín regresaba bajo el cuidado de sus dueños.
Fin
Un cuento original de @janaveda
Imagen de portada de Jim Cooper en Pixabay