Acababa de llegar a aquel lugar, no sabía si se quedaría o no. Había entrado por pura casualidad, bajo la atracción de un no sé qué afín a un recuerdo lejano pero real, vivido, escondido en lo profundo de su ser, un no sé qué afín en el quehacer de aquel lugar.
Ya había pasado por allí pero esta vez, al contrario de la primera, se había quedado merodeando, viendo, probando sin apuro. Solo se mantuvo alerta, prestando atención a cada detalle perceptible, captándolos al azar pero evitando juzgarlos: Su única intención era acumular la mayor cantidad de información posible.
Al llegar a una encrucijada surgió la indecisión, pero no por no poder decidir entre dos caminos, no por no tener criterios y referencias para discernir, no por no poder juzgar sino por no querer hacerlo: por tener cierto espíritu rebelde que le definía, que le hacía evitar darle importancia a tales dilemas.
Solo se quedó ahí, inmóvil, esperando que algo pasara, esperando con paciencia algo que le moviera, que le impulsara. Una suave brisa, un fuerte sonido, alguna visión lejana o un olor penetrante (ya fuese atrayente o repulsivo), cualquier cosa.
Estaba viendo nada a lo lejos y sola de repente se halló, y empezó a caminar. Se había desprendido del pequeño grupo en que estaba, lo prefería así, prefería ir sola y solo eso hacía, sin rumbo ni motivo ni explicación. Empezó a caminar sin decidirlo, sin pensarlo ni razonar, lo hizo como por instinto: puso su mente en blanco, miró a un lado, miró al otro y empezó a andar.
Siempre le había gustado dejar al azar su actuar. Tenía la convicción de que todo ocurre al azar o que, al menos, todo está afectado por éste, quiérase o no. Le gustaba afirmar que nada importa en demasía, que ninguna decisión que se toma logra ser transcendental pues todo puede ser modificado por el "dios" azar, en cualquier momento, en cualquier lugar, en las más amplias y diversas formas y magnitudes. Así que se esforzaba en no decidir, en evitar la obstinación de decidir, en dejarse llevar por su instinto, en dejar su mente en blanco cada vez que le fuese posible.
Dice confiar en su instinto, pero se engaña, de seguro sin querer, tal vez sin saber que razonar y comprobar y volver a razonar es lo único que sabe hacer y que hace una y otra vez hasta formar teorías propias. Teorías que solo al final contrasta con su instinto, del que únicamente toma lo necesario para rellenar los vacíos que su mente no alcanza siquiera a vislumbrar.
Prefiere la soledad en su andar y aunque le gusta oír consejos es solo por intimar, por percibir otras visiones de la vida, por aprender a base de empatía y así desarrollar su espíritu, su sentir, su adorado instintito. Pero nunca se guía por la experiencia colectiva pues cada vida es distinta a la ajena. Su experiencia, su visión, sus gustos y deseos son únicos al haberse combinado al azar, para bien o para mal.
Por eso hizo a su modo lo que vio haciendo a todos por aquel lugar: en territorio de caminantes hay que caminar, se dijo. Hizo lo que su intuición le indicó: seguir merodeando, sin expectativas ni planes, solo por probar.