Anna no era una mujer cualquiera, fácilmente se podría decir que era una heroína en todo lo que hacía.
Siempre buscando algo bueno en los demás y haciendo lo posible para que su pequeña Violetta, viera el mejor ejemplo de lo que significa salir adelante pese a los obstáculos en la vida.
Uno de ellos fue tener que separase de su padre, y sin duda fue difícil pues las deudas del banco y de la casa no eran para nada fácil de pagar, aún así, esto no era tan difícil como lidiar con alguien que no solo te maltrata verbalmente, sino también físicamente.
A pesar de ello, Anna seguía siendo una luchadora, todos miraban en ella una fuerza que no sabían de donde salia.
Una llamada temprano de su médico pudo haberle cambiado la vida, el tratamiento medico que seguía hacía años, no estaba funcionando como debía.
Pero eso era nada, ya tenía 8 años luchando contra la enfermedad, lo que le había dado la fortaleza necesaria para no llorar de dolor frente a su hija, o fingir una sonrisa mientras solo tomaba un vaso agua, por no tener mucho que comer, solo para verla tranquila y alegre a su pequeña.
Parecía una mujer inquebrantable en todo sentido.
Era lunes por la tarde, después de buscar a Violetta a la escuela, decidió ir a comer helados y después llegar a cada a descansar.
Al entrar a casa, su familia le tenía gran sorpresa, habían reunido a gran parte de la familia para darle ayuda y apoyo en momentos tan difíciles.
Uno de los familiares, Andrew, era conocido por ser imprudente y tosco muchas veces, así que no se podía esperar nada de él. ¿Pero que podría tener contra Anna que no pudiera combatir, o que le pudiera afectar?
-Hola Anna- le decía con una sonrisa sinuosa, mientras tomaba un vaso de whisky.
E sabido que estas pasando por una mala racha, te ves cansada además, pareciera que tuvieras 80 años- sonreía, mientras la veía de arriba a abajo-. Además sé de esto de tu enfermedad, es complicado tu caso, conocí a varios que murieron en poco tiempo con tu misma enfermedad. No les dio tiempo de despedirse siquiera...
-Pero quiero que sepas Anna,-continuaba- que sea lo que sea que pase, yo y la familia te daremos nuestro apoyo, y en el peor de los casos, vamos a cuidar bien de Violetta.
Habían bastado solo 5 minutos de esa conversación, para recordarle a Anna que pronto dejaría de vivir.
Esa semana fue diferente, los ojos alegres de ella, se convirtieron en tristeza, ahora cada día, no era un día más para disfrutar, sino uno menos para ella, un día menos sin su hija.
Fue cuestión de momento cuando comenzó a perder la esperanza. En cuestión de días, su semblante había cambiado, y tan solo esperaba el momento inesperado, en que dejara de existir.
Domingo en la mañana. Violetta emocionada va hacia la habitación de su madre, que por razón desconocida no la había levantado como de costumbre con su beso en la mejilla.
-Mamá, despierta ya es muy tarde- Las manos frías, la inmovilidad de sus brazos, y el silencio hacia sus llamados, daban paso a la tristeza.
Su medico escribió en su ultimo reporte. ‘Murió de tristeza’.
Aquella mujer inquebrantable, que había luchado contra todo, fue vencida por palabras hirientes y sin sentido de alguien que sin piedad, le arrebató la esperanza y las ganas de luchar.