Son las siete y media de la tarde. El trayecto en el metro ha sido una prueba de resistencia entre miradas perdidas, pantallas iluminadas y el zumbido constante de los vagones, pero lo peor no ha sido el viaje; ha sido el día entero.
Al llegar al portal, buscas las llaves en el fondo del bolso o de los bolsillos con esa mezcla de urgencia y fastidio de quien solo quiere desaparecer. Abres. El recibidor está a oscuras y, al encender la luz, te reciben el silencio y una calma casi extraña que contrasta con el caos que acabas de dejar atrás.
Dejas el maletín o la mochila en el suelo; suena con un golpe seco que resuelta liberador. Te quitas los zapatos, y en cuanto tus pies desnudos tocan el suelo frío, un pequeño escalofrío te recorre el cuerpo. Es la primera señal física de que por fin estás a salvo.
Caminas hacia la cocina con el piloto automático encendido. No tienes ganas de cocinar nada elaborado, así que calientas lo primero que pillas o te preparas una infusión caliente. Mientras esperas a que hierva el agua, te apoyas contra el mármol, mirando al vacío a través de la ventana donde la ciudad sigue parpadeando con sus miles de luces indiferentes. Los correos pendientes, las reuniones que podrían haber sido un mensaje y las urgencias de última hora de la oficina se van desvaneciendo lentamente, sustituidos por el tic-tac del reloj.
Te llevas la taza al sofá. Te dejas caer en él con un suspiro profundo, ese que libera todo el aire acumulado en el pecho durante el día. El cuerpo te pesa como si tuviera plomo, pero es una fatiga extrañamente satisfactoria, la de haber cumplido. Te arropas con una manta, cierras los ojos y, por fin, el único objetivo que te queda en el mundo es no hacer absolutamente nada.