Hay días buenos y días muy malos, días en los que pierdo la memoria, no puedo recordar la última vez que fui feliz. Son momentos que se imponen con una fuerza en la que no dejan espacio para nada más… mi mente quiere ponerse a hacer algo, una actividad que anhela hacer, pero es imposible, los brazos se caen y no responden a ninguna orden, las piernas caminan alrededor del espacio en el que estoy sin ningún objetivo, miro por la ventana el silencio de la calle, y algo en mí solo puede sintonizarse con la desazón general que embarga todo el ambiente… y las palabras: ahora no puedo nada.
Hay quienes dicen que ciertas sustancias en el cerebro dominan nuestras emociones y sentimientos, y luego los pensamientos. Echarse a la cama a llorar sería lo más coherente en esos instantes pues el cuerpo no responde a nada, aunque la mente le susurre las mil cosas que quiere hacer y los mil sueños que tiene.
El único remedio entonces es dejar el enorme esfuerzo por echar a un lado esas emociones primarias y dejarlas estar a sus anchas y descubrir que no pasará nada si las dejas estar, aunque parezcan indeseables visitantes no se robarán nada, al contrario, vienen a mostrar algo. Y ese algo son señales, la necesidad de desconectar, de descansar, de tomarse las cosas con menos seriedad, de darse cuenta cuan transitorio es todo, la vida y nuestra estadía aquí, cuan pequeños somos.
Abrazar el sentimiento de debilidad y elevar una oración al cielo… esperando que en el tiempo posible ocurra lo imposible, o al menos descienda ese calor que abrigue el corazón, y lo repare, y una esas partes que ahora están tan rotas… él dijo que podía hacerlo, y yo le creo. Sé que mañana será un día bueno.
Gracias por leer
Texto y foto de mi autoría.
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