Nunca he llorado por un mal recuerdo, pero sí por los buenos. Vivir es contradecirse, una ironía agridulce con la que se ríe la memoria de nosotros. Me recuerda lo etérea que es la existencia: el presente es inasible y pronto se desintegra en el pasado. Algunos fragmentos sobreviven al reloj y evocan otros tiempos, tiempos que ya no me pertenecen. El resto de mi vida, la que no recuerdo, se ha perdido en el olvido como si nunca me hubiera pertenecido. Después de todo, soy lo que recuerdo, y no seré más que lo que recuerde en mi lecho de muerte.