Siempre me pasa lo mismo. Empiezo mil proyectos muy entusiasmado y no acabo ninguno; tengo mil ideas que nunca logro materializar, que están en un limbo entre lo posible y lo real y rara vez consiguen transgredir la barrera de la acción. El saber es un fruto delicioso para mí, conocer es un pasatiempo muy noble, pero la acción es una planta de raices amargas para mi paladar. Me aflige cierta indigestión cada vez que la pruebo, una insatisfacción sibilina que me susurra «¿por qué te esfuerzas tanto? ¿no has visto acaso todas las cosas que te quedan por conocer al margen de esto?» Luego recuerdo unos versos de Píndaro que me dicen: «No te afanes alma mía por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible». Luego un aforismo de Emily Dickinson: «I dwell in possibility» y entonces sucumbo al magnetismo de lo posible, al encanto de las ideas abstractas, de la diversidad, de la diferencia, de la divergencia.
«Decidir» es un verbo muy feo. Proviene del latín y es un compuesto del verbo caedo, que significa, entre otras cosas, «matar». Decidir es matar, es renunciar a vivir todas las opciones posibles para centrarse en una real. Me pregunto cómo sería la vida sin decidir, sin bifurcaciones ni desvíos. Me fascina la idea de transitar todos los senderos a la vez, de cuantizar nuestra existencia contingente y dotarnos de la capacidad de estar en varios lugares al mismo tiempo, de caminar por diferentes veredas de manera simultánea, como si fuéramos partículas subatómicas. Por desgracia todo eso parecen fantasías improcedentes en el mundo real, bagatelas que apenas tienen cabida en la literatura. El mundo ha cometido el solecismo de profesar eterna simpatía por el modo indicativo, por la convergencia y determinación, pero no alcanza siquiera a escandir la fuerza sugestiva del subjuntivo, de la poesía, de la imaginación, del poder creador del alma humana.