Era la prima de Antonio. Una prima simpática e inteligente; y muy curiosa, se enteraba de todo lo que acontecía en su familia y en el pueblo.
Pero decía creer en Dios: primero fue católica, luego, saltó la talanquera, se marchó para los evangélicos. Y después, distanciada del contaminante y mundanal pecado, andaba como una Inmaculada salida de la misma Biblia salvando al mundo.
Pero no se le quitó su defecto: ser chismosa. Se paseó por la iglesia católica y por los templos evangélicos arrastrando como una pesada cadena amarrada en la nuca el vicio del chisme.
Lo último que se le ocurrió fue inventar que el cura del pueblo, y el pastor de su iglesia evangélica, y también, su primo Antonino, tenían gripe y que esto podía ser Covid y no una simple y vulgar gripe.
No se cansaba de decir que Antonio era un irresponsable por tener el virus (y que debía guardar cuarentena; era como una vieja agente escapada del pasado católico de la inquisición.
Y entonces el grupo perseguidor del gobierno de la gran capital) llegó a revisar los estornudos del primo Antonio.
La comisión lo registró; su ropa, su morral; le encontraron unas ramas de "túa túa" (ni siquiera para la gripe como decía la chismosa); las llevaba para aliviar las hemorroides y al final sin una prueba médica le diagnosticaron el popular virus
Al cura, ni al pastor, lo persiguieron; la cuerda no reventó por lo más delgado: sino por lo más arrugado del primo Antonio, quien no solo pagó el chisme de su familiar sino que terminó siendo el culpable por la puesta en cuarentena de todo el pueblo.
Su prima terminó pagando las mentiras que pregonó y contagiándose con la gripe, que casi la mata.