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A los dieciséis

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Yo llegué a este mundo cuando mi padre tenía cuarenta años. Cuarenta años y mi madre treinta y cinco.

Durante mi niñez vi a mi padre como un ser protector que todo lo podía y todo lo solucionaba. Nos protegía no sólo a mis hermanos y a mí sino también a mi madre.

Cuando se es niño la vida parece estática o por lo menos, que se mueve muy lentamente. Los años son larguísimos y llegar a ser mayor es una misión imposible.

Todo nos parece tan lejos y la mayoría de las personas nos parecen viejas.

Sin embargo, cuando entré en la adolescencia comencé a tener algunas pautas de que la vida no es tan estática como creía, que avanzaba más rápido. Mi cuerpo cambió y a mis padres se les encaneció mucho más el cabello.

Es en ese tiempo cuando tomé conciencia de la finitud. No de la propia sino de la de mis padres y sobre todo de aquel padre que era el mío.

Entonces me pregunté por primera vez si viviría cuando yo llegara a los treinta o se iría de este mundo dejándote desprotegido ante de que me las pudiera arreglar solo.

Es de suponer que a los treinta ya tendría la suficiente edad como para continuar solo pero a esa edad donde los cambios y las hormonas nos hacen inseguros, todo se resume en dudas y miedos.

Mi padre dejó este mundo cuando cumplí veintinueve. Estaba casado y con un hijo, sin embargo, sentí que el mundo se paralizaba, que nada más había para adelante.

Volvieron los miedos y las dudas de los dieciséis y necesité un tiempo para descubrir en mí el hombre adulto que creía ser y tal como hizo mi padre, asumí la misión de cuidar y proteger a mis hijos.

A los dieciséis | Ecency