Dale matraca. Con todos esos quehaceres. Dormido o mal vestido, diferente pero sobrio, pelando viruta al margen de la ciencia. Bandadas ingentes de neófitos, deletreando números primos. Y el tesoro estaba mal. Estaba torcido, ubicuo y volátil como si lo esperaran. Los tocayos fueron los escogidos. Estiraron el negocio con esmero, podando un recuerdo tras otro. En su escueta diáspora, zurdos a rabiar, se pusieron a tiro, dando chance al calculista de enfrente, invitándolo a disgusto porque había que hacer número. Doblemente espejados en Yatay, arremetieron. Una empresa doble, fundida en hierro. Con el aporte del artesano eran ya tres contra uno, en bandolera en el tren bala, dispersando sevillanas al voleo, esperando que los vieran. Y seguro, con tanto aspaviento terminaron incendiando la pira bautismal, herencia políglota de veleidades culinarias. A la cena todo el mundo, fue la arenga, y se dieron el lujo de la glotonería. Que trajeran, nomás, la alforja llena de bulas. No iban a despellejarlos tan a la ligera. No iba a ser sin rechinar de espadas, sin filamentos alérgicos y novedades coloniales. El primer mellizo desenfunda su vaina, y propone desprolijo un zafarrancho. Toda pared es inflamable, todo peligro arropa mundos paralelos. El herrero, estandarte triangular de fiestas vanas, inclina su juventud él también, paladeando su circunstancia. Y así, machimbrados, multiplicados, uno tras otro fueron derritiendo los macaquitos, el papa negro a la cabeza. A la sazón la pintan calva. Y a Calvino, de melena. Y el acero de Toledo bien vale una misa. Templado, calibrado, reluciente. Deficiente también, no hace falta que lo aclares. Incandescente, apoyado en la carne débil a lo largo, longitudinal. Chamuscando mucho más que vello, horadando consignas medulares en pro de la obsesión. La consigna: una tortura. La cordura, una pena. Y la punta roma del bastardo, tan solo una baba más. Otra línea, nomás, en el misal de las recomendaciones. Otro flanco borroso, para así disfrazar el bochorno, centrando el discurso en el engaño. Otro potro, como el de Licurgo. A engrosar el tedioso papiro, agazapados en la dulce espera, justificando el medio desde el principio. Genuflexo, se pone el indio de pie, para hacerle una rendija a la mañana. Con los ojos cerrados es más fácil, piensa, y espera el cabeceo breve, raspando la túnica con el dorso de los dedos. La señal es imperceptible y clara. Debe usted ceder. La gama siempre prevalece, y el bulto obcecado propondrá, a lo sumo, una demora. O dos. Y que se espere Torquemada, que vamos al galope. Que frunza su toga de ínfimos pliegues y pida audiencia. Que vuelva nomás, furioso, que la dicha del enemigo sabrá esculpirle un anatema.