Por vueltas que le demos, el procedimiento es inconducente. Aparenta cerrar, por momentos, y los ojos dejan pasar la luz, parece. Luego los centros se desdibujan, las caras se cruzan, los modelos se desarman. La carrera deja de tener fin. El objetivo, esquivo, se pierde en un olvido triste, en un episodio vano. Y las explicaciones no corresponden. Los aciertos no contribuyen. Los pasos intermedios no suman. El viento, displiscente, deja de soplar. Navegar en aceite, como un ciego tuerto. Izar sin mástil, remedar sin ejemplo. Vagar en un ciclo indefinido de símbolos concéntricos, de perogruyos que no se entienden. Pegando manotazos con brazos cortos, con remos huecos. Empujando el bote en tierra, como quien patina en pedregullo. Bordando sin dedal, y con cuchillo. Y amagando sin contrincante. Un fuego de hielo seco que no se entrega, que pide en japonés, y a los gritos. Un enemigo bonachón, que te miente sin remedio pero te quiere sin atajos. Una vergüenza dominada, sabedora de su poder, voluminosa y oculta. Garrapatas de juguete, fístulas de algodón, borregos chillones. Una larga colección de fatigas. Envoltorio de caramelo, ruidoso y sucio, terco entre los dedos. Mingitorio de burdel, lleno de moscas. Purgatorio garabateado en papel, con tizne de merengue. Corolario redundante, pereza banal, amistades duraderas que ya no recuerdo. Fastuoso, aquel festín de párvulos. A los saltos en la galería de vidrio, dando la cabeza contra la claraboya. Piruetas elásticas de artificio, vanagloriándose del porrazo.