Escribía, en aquel tiempo, con pretensiones lingüísticas. No pretendo ahora ser menos pretencioso que entonces. Simplemente, aquella pretensión de antaño se me hace patente hoy, a la luz de las reflexiones del gran Kundera. Puedo ser más específico. Leer Los sonámbulos de Broch en castellano, y no en inglés, pasa a ser algo secundario, porque la literatura no es tributo al idioma sino al conocimiento de la ambigüedad que nos rodea e inunda. Contribuir al desarrollo de la hermosa lengua de Castilla debería, a estas alturas, dejar de ser el móvil, al escribir. Es, tal vez, más importante, más trascendente, escribir para analizar el ser. Ver la literatura no como un ejercicio idiomático sino como un ejercicio ontológico, o cognoscitivo. La novela como vehículo de exploración y sabiduría, como carretera hacia las entrañas del conocimiento, tan válida como la matemática o la dilucidación de las letras del código de la vida. La novela, con su creación de personajes y circunstancias, como único método de conocer el ser. Y de combatir, así, el olvido del ser, tan de la época.
Kundera ni siquiera considera el otro tópico, el que se me metió en la cabeza en los últimos tiempos. Divertir. Entretener. Quién te dice, tal vez más adelante en El arte de la novela, el maestro nos explique este aspecto.