Quiero compartir con ustedes las siguientes imágenes de un espacio marino en Cumaná, estado Sucre, Venezuela.
Es el sitio donde confluyen las aguas del río Manzanares con las aguas del mar Caribe, conocido como la Lonja Pesquera, lugar de llegada para las embarcaciones que comercian con el pescado en todas las escalas económicas.
En la escala microeconómica, los pobladores llegan allí buscando el mejor precio, intentando saltar la cadena de intermediarios.
Así, llego voy periódicamente, en las andanzas domésticas.
Una vez allí, mi mirada se va prendiendo de las imágenes.
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Un atavismo que no entiendo me inclina a fijarme en las cosas antiguas, en las que el tiempo va dejando una pátina, campo fértil para la imaginación.
Mirando las embarcaciones, pienso que estos compañeros en la costa, obligados por la marea a soportarse unos a otros, tal vez navegaron juntos, recorriendo veloces los profundos mares,
Una vez fueron fuente de riqueza, de trabajo.
Ahora son chatarras invadidas por el oxido inclemente (el oxido químico y el corrosivo político que sufrimos en la actualidad) que las inclinan como gigantes destinados a yacer en el fondo del mar, sin que de nada sirvieran las grandes expectativas, en los ritos de iniciación de sus bautizos.
Los barcos estancados son motivos de grandes alegorías.
Captando la dignidad en esta imagen no puedo menos que recordar las tremendas ideas de las que está compuesto el tango Nieblas del riachuelo escrito por magnifico compositor Enrique Cadícamo en 1937.
“Turbios fondeaderos donde van a recalar,
barcos que en el muelle nunca más han de zarpar,
sombras que se alargan en la noche del dolor,
náufragos del mundo que han perdido la ilusión”
No hace falta mucha imaginación para proyectar en estas imágenes la idea de la impotencia, la derrota, el fracaso ante las condiciones adversas de la vida humana.
Puentes y cordajes donde el viento viene a aullar,
barcos carboneros que jamás han de zarpar,
torvo cementerio de las naves que al morir,
sueñan sin embargo que hacia el mar han de partir”.
Con ese sentimiento de fracaso, de derrota, de la cual son simbología estas embarcaciones tristes, mi ciudad espera, aún espera, contenida por las montañas que la guardan y mojada por la azul ilusión que su cielo y su mar mantienen cada día, como un mensaje del feroz destino.
Tendrá que pasar el tiempo, mucha agua llevará el Manzanares al Mar Caribe, hasta que los humildes hombres que hoy esperan, pacientes, en los rigores de una economía de sobrevivencia puedan levantarse sobre la irritante modorra de una población mediatizada para retomar los caminos de la proactividad.
Llegará el momento y veremos regresar las innumerables estelas en el mar y sabremos, pasado este tiempo que en la proverbial sencillez del hombre oriental habrá quedado una marca histórica. Una lección de vida.
Por ello, con Cadícamo digo, "amarrada al recuerdo yo sigo esperando"
Para nosotros los venezolanos, nuestros puertos, los barcos, en su estado actual, no son un mero dato económico, sino el testimonio de un impacto, de una crisis, económica, humanitaria y política, inmensa.
Mientras tanto, mientras los mejores vientos llegan, nos servimos de la belleza, inalcanzable para la maldad.
Las fotografías fueron realizadas con mi teléfono móvil Marca Xiaomi, Redmi, A6