En uno de los cuadros más característicos del Renacimiento aparece una mujer semidesnuda, de cuerpo esbelto aunque generoso en curvas; la mujer intenta esconder sin mucho éxito y con algo de pudor sus senos, mientras su larga cabellera rubia le cubre la ingle y parte de los muslos. A su derecha, dos personajes ingrávidos, hombre y mujer, representan el amor sensual y el amor ideal. A su izquierda, una ninfa prepara una tela para cubrir el cuerpo de aquella mujer, para recordar que los misterios del conocimiento y del amor, deben permanecer ocultos.
Esa obra se llama El Nacimiento de Venus, y es de un pintor al que casi nadie conoce por su nombre. El artista era Alessandro di Mariano di Vanni Filipepi, y la gente le decía Sandro para acortar el nombre de Alessandro, y se olvidaron de sus apellidos di Mariano di Vanni Filipepi y le pusieron un apodo: pequeño botijo.
Botijo es un recipiente para guardar el agua, pequeño botijo en italiano se dice: Botticelli. Sí, Sandro Botticelli, figura preponderante del Renacimiento, autor de talla monumental en la historia de la pintura, estaba desapareciendo un día como hoy 17 de Mayo de 1510.
Y de él nos quedan sus colores y sus luces, y todo, todo lo inmortal de su pintura.