Esta vez les quiero contar un poco sobre el regalo más valioso que he recibido: Los Zarcillos de Mi Abuela.
María, mi abuela, fue la mejor del mundo, aunque sólo la veía cuando viabaja al pueblito donde vivía ( a 1 hora de mi casa) y me consentía como ninguna. Cada vez que llegaba al portón de su casa, mientras mi papá abría la puerta, yo sabía que sería recibida con esos típicos apretones de cachetes que ellan tan bien hacía.
Mi abuelita no tenía mucho, no sabía leer ni sabía escribir. Le encantaba cocinar y trabajar en el campo. Su casa era grande pero muy humilde. Aún recuerdo ese peculiar baño y su cuarto. Ella atesoraba lo poquito que tenía que sus hijos y nietos le daban y a pesar de no tener casi nada, cada vez que la visitaba, algo nos regalaba: una sábana, una blusa, algo útil.
Una vez, luego de meses sin ver a María, ella me tenía una sorpresa de cumpleaños. Fui a visitarla, y en una pequeña bolsita pude ver un par de zarcillos que estaban a la moda: dos mariposas azules.
Sí, unos simples zarcillos azules, pero para mi abuela no lo eran. Ella no tenía dinero y al saber que mi cumpleaños se acercaba, empezó a ahorrar lo poco que tenía, vendió alguas cosas para poder tener algo más y se endeudó solo para comprarme ese pequeño regalo. ¿Los zarcillos eran caros? No, no lo eran pero para ella sí lo fueron. Ella veía a todas las niñas con ese tipo de zarcillos y quiso regalarme unos porque pensaba que se me vería lindos.
En el momento, este regalo no me sorprendió y me arrepiento de no haber sido más agradecida con María.
Luego, después de mucho tiempo, entendí el mensaje de mi abuela. A pesar de lo poco que tenía, siempre quiso dar todo lo mejor de ella a sus personas queridas, quiso enmendar su ausencia en un día importante, quiso hacerme feliz y lo fui pero no por los zarcillos. Fui feliz al ver su cara de felicidad cada vez que la visitaba, no necesitaba má.
Ya no converso estos zarcillos pero lo que recibí con ellos fue algo más importante que lo material. Aprendí a valorar cada detalle, cada gesto y cada esfuerzo. Aprendí a dar sin recibir ni esperar. Aprendí a ser humilde y agradecida.
Desde pequeña siempre me han gustado las mariposas pero no creo que mi abuela supiera eso. Casualidad o no, hoy estoy segura de que María es una de ellas.
En memoria de María Arreaza