No hay mayor fortuna que saberse dueño
del viento que empuja cada decisión,
de habitar los mapas que dibuja el sueño
y no los contornos de una imposición.
Es sagrado el suelo donde echas raíces,
pero más sagrada es tu libertad,
el derecho intacto de cambiar matices
cuando el aire pesa con hostilidad.
Haber construido un hogar por dentro,
unas alas firmes, un propio sostén,
te da la certeza, en el peor encuentro,
de saber que puedes marcharte también.
No es traición al sitio, ni es huir de prisa;
es tener la llave de tu propia paz.
Irse cuando el alma ya no siente brisa
es el acto libre del que es capaz.
Tú eliges el norte, el tiempo, el abrigo,
y si algo incomoda o apaga tu luz,
recuerda que siempre te llevas contigo
el templo, el camino y tu propia cruz.
*Fotografía de mi propiedad