Tenemos horas, minutos y segundos. Y si nos ponemos tiquismiquis, incluso décimas, centésimas y milésimas. Podemos ser todo lo precisos que queramos y, sin embargo, el tiempo sigue siendo relativo.
A veces parece que el reloj se pone en nuestra contra y no quiere avanzar a pesar de que nosotros sí. Esos minutos interminables esperando al tren o la hora de salida del trabajo que parece no llegar. E incluso cuando estamos preocupados por algo o tenemos algún problema. Intentamos por activa y por pasiva entreteneros con cualquier cosa y lo único que conseguimos es que el tiempo pase aún más lento. Lo único que podemos hacer es no pensar mucho en ello, pero eso es como lo de de “no pienses en un elefante rosa”. Por intentarlo, acabamos mirando el reloj tropecientas veces más. Aunque al final, por suerte, ese momento acaba llegando y podemos dejar de esperar.
Y otras veces, pasa todo lo contrario.
El tiempo se derrite, fluye y aunque intentemos retenerlo, siempre se nos escapa de entre los dedos. Como cuando estamos con alguien a quien queremos. Pequeños momentos que duran horas y que se pasan en un abrir y cerrar de ojos. En un abrazo. En un beso. O en muchos de ambos. Aunque no estemos haciendo nada en especial, simplemente con estar ya se nos va el tiempo volando. Nunca parece ser suficiente. Y no importa cuánto deseemos que no se termine, porque como ya he dicho antes, los momentos llegan y los finales no iban a ser menos.
Ya podemos desear con todas nuestras fuerzas que el momento no termine, que el tiempo no nos va a perdonar. Es que directamente le da igual lo que nosotros queramos. Al final todo se acaba y de nada sirve echar de menos porque no se puede volver atrás. Siempre habrá cosas que nos habría gustado hacer y que no hemos hecho por alguna extraña razón, o quizás cosas que sí hemos hecho pero nos habría gustado hacer de otra manera. Pero al no poder cambiarlo, solo podemos intentar disfrutar de los momentos buenos cuando ocurren, en lugar de lamentarnos por los no tan buenos que ya hayan pasado, y confiar en hacerlo mejor la próxima vez. Porque siempre hay una próxima vez aunque a veces no lo parezca.
Supongo que todo esto se resume en que en lugar de ser nosotros los que contamos el tiempo, lo que deberíamos hacer es dejar que sea el tiempo el que cuente.
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