El domingo 13 de diciembre, en el remate de caballos, debía encontrarme con Javier U. El Potro Amarrado es un centro hípico de lujo.Allí, puedes jugar a ganadores, placés, mutuales, descartes, shows, trifectas y dobles perfectas. Por supuesto, también jueganse la subasta de caballos en cada carrera al caballo que cruce la raya. Llegué bien temprano para ubicarme entre las ultimas mesas, mi gaceta con mis marcas a jugar y la fe de salir ganador; al momento de llegar al remate, todos somos ganadores. En cada mesa hay un grupo cuyo líder es quien pone más dinero en la jugada, por lo general, son empresarios pequeños, fulleros y recogedores de jugada. El juego hípico es azar puro y relancino; el banquero o propietario del remate sale como perdedor.
Aquí en El Potro Amarrado solo se exige dinero para jugar, nada de burro negro; acá, el negocio es permitir que juegues todo tu dinero. No te preocupes si estás perdiendo tu plata, te prestamos a cuenta de tus propiedades, prendas o mobiliario doméstico.
Javier me señaló a un señor recién llegado. Según Javier, olía a ajo, a sulfuro cúprico, olores propios del inframundo. Ropa bien cortada de color blanco impecable, camisa de seda y zapatos de charol o patentes. En su pecho gruesa cadena de oro con dije redondo. En su mano izquierda un esclava también de oro. En sus dedos largos, un anillo de oro blanco y zafiro negro. Se sentó en un rincón del local. Por aquellos arquetipos de televisión, debía ser el diablo. De hecho, la joven bella que anotaba en la pizarra la jugada estaba sudando, se le caían los marcadores y no cesaba de mirar al extraño ser, circunspecto y elegante; a cada rato le guiñaba el ojo y la joven no atinaba ni palabras ni comportamiento adecuado.
Cuando el subastador inició la jugada, los hípicos esperaban con ansiedad la apuesta del recién llegado. Le llegó el turno al número cuatro, levantó su mano izquierda y aunque le subían la jugada, seguía imperturbable. El subastador lo bautizó como:- Blanco se queda con el cuatro. Después, todas las lineas de la pizarra al número cuatro las obtenía sin puja alguna.
En la carrera gana el número cuatro. Luego, ganó cinco carreras más. A los demás competidores le sucedían cosas inexplicables, jinetes que se caía de sus monturas, látigos volando raudos por el aire, choques en la carrera entre caballos en delantera. El Diablo, sin duda alguna. Este domingo trece, el señor del inframundo, había dejado pendiente su cotidianidad maligna, para ir al juego que soñaba entre gritos desesperados de los castigados en el infierno. Aquella emoción que sentían los jugadores hípicos; el ligar a castigar a los apostados; el mirar entre polvos de arena el multicolor cruce de la meta.
Vinieron las últimas carreras. En la séptima, su caballo partió con parciales matadores, 22,44 y 66. En una carrera de 1400 metros ganaría fácil. Oh, faltando cien metros para la llegada, se vinieron en remate impresionante seis caballos, compitiendo como aviones de caza; El Diablo resoplaba en su rincón, en propia raya le ganaban a su apostado y, en final de fotografía quedaba de tercero. Carrera muy extraña,como del polvero, saltaron con sus enanos en sus lomos y como fantasmas infernales dábanle un giro inesperado a la carrera.
El ganador de la séptima carrera no quería cobrar la puesta; las manos le ardían, sudaba frío y su garganta seca, llevaba el paupérrimo de la carrera y ganaba inesperadamente.
En la octava carrera, un caballo perdedor consumado, ganaba de punta a punta . Le sacó veinte cuerpos al jugado por El Diablo.
Satán comenzó a empeñar sus joyas y continuó perdiendo. En la duodécima carrera, El diablo escogió a Retrechero, caballo de Miguel Otero Silva. El Rojo apostó a Rezador. El Rojo es un jugador a todo y no tiene nada de diablo. Retrechero montado por el líder de los enanos jinetes. Partieron en la carrera parejos, mil cien metros de recorrido y Retrechero por el puesto de pista doce. En velocidad coge la punta el jugado por El Diablo adherido a la baranda izquierda, por su derecha se coloca Rezador. Pasados los seiscientos metros, los demás no cuentan. Se van en una lucha tenaz y faltando cincuenta metros para la raya, claudica Retrechero. El público miró para el rincón; la gaceta estaba hecha pedazosy de El Diablosolo un olor desgradable a azufre y cebolla. El día de asueto del Diablo, había ganado la banca y El Rojo. De El Rojo solo se sabe que anda por las calles como insomne, descuidado y de súbito, dice: - Diablo, vete, el juego es terrenal y nadie gana.