Esta es una narración de un hecho real. Sucedió cuando tenía apenas cuatro años, siempre hemos dicho en nuestra casa que lo que aquí se hace bueno o malo, aquí se paga.
Estábamos mi abuela y yo visitando a mi tío, un hijo de mi abuela que estaba en prisión por asuntos políticos, eso fue por el año 63, lo cierto es que mi abuela llevaba una información para mi tío que los carceleros consideraron supuestamente peligrosa. Con ese argumento inmediatamente detienen a mi abuela y nos trasladan a la Digepol, la policía política para esa época.
La novia de mi tío que estaba también de visita se enteró y llamó a mi mamá para informarle que nos habían detenido, pero que no sabía para donde nos trasladaban. Recuerdo que llegamos a la sede de la Digepol que quedaba en los Chaguaramos, Caracas, a eso de la una de la tarde.
Pasaron las horas y mi abuela y yo todavía allí, llegó un agente y le dijo a mi abuela que le diera la dirección donde yo vivía para llevarme porque ella se iba a quedar detenida, mi abuela le dijo que la única manera de que saliera de allí era con mi papá o mi mamá. El agente insistía e insistía y mi abuela siempre negó la información. Estuve allí desde esa hora hasta pasadas las 12 de la noche, cuando mi mamá por fin llegó a recogerme con una tía, mi papá esperaba que saliéramos, estaba desesperado.
Nadie se explicaba por qué yo, siendo una menor de edad, llevaba tantas horas en ese centro de reclusión.
Pasaron los años, tendría unos veintidós años y trabajaba en la oficina con mi tío (el mismo que les conté que estábamos visitando en la cárcel) y él me dice:
-“Como tú vas para tu casa, te vas hasta Turmero y vas a esta dirección… Eso queda frente a la plaza de ese pueblo y el bus pasa por allí, en el edificio tal, vas a buscar a esta señora, y le vas a decir que los doctores que van a ver a su esposo van a pasar por allá a eso de las dos de la madrugada, porque salen a esa hora del Congreso Médico y luego regresan a Caracas”.
Yo, muy molesta con mi tío, porque él tenía carro y le quedaba más cómodo que fuera él a dar ese recado y no yo, pero igual fui, no quedaba más alternativa.
Llegué al apartamento, toqué el timbre y salió una señora y me dice (sin saber aún quién era yo):
Cuando entré a la habitación estaba un señor sumamente delgado, muy desnutrido, era piel y hueso. Él apenas me vio comenzó hablar conmigo, eran incoherencias, pero era como si me conociera y mientras hablaba comenzó a comer. La señora me dice:
-"* Por favor, no se vaya, él nunca ha hecho esto con nadie y tengo que aprovechar que está comiendo mientras conversa con usted, por favor quédese un rato más*".
Así lo hice, me quedé hasta que él se terminó toda la papilla que le estaban dando. Me despedí y recordé a la señora que estuviera pendiente porque el intercomunicador estaba dañado. Demás está decir que la señora me bendijo enormemente, no solo por llevarle la información, sino por haberme quedado mientras su esposo comía.
Llegué a la casa furiosa con mi tío, le conté a mi mamá porque había llegado tarde, y por lo que pasé con el señor que me partió el alma.
Mi mamá me dice
“-No te enojes, hija, ese era un favor que usted personalmente tenía hacer o que pagar. Te cuento que me llamó tu tío tal… -otro hermano de mi madre- y me dijo que había llamado a tu tío para que llevara esa información. Pero hija te tocó a tí”.
Yo estaba muy impactada por lo que había pasado con el señor y me puse a llorar mientras le contaba a mi mamá. Mi mamá me escuchaba atentamente y en eso me pregunta
-"¿Tienes idea de quién es ese señor?"
Inmediatamente le contesté que no.
Mi mamá me dice:
“-Hija, cuando tu caíste presa con tu abuela nadie sabía a dónde las habían llevado y fueron a buscar al director de la Digepol a su casa, él no estaba, pero los recibió su hijo, quien para ese entonces tendría unos diecisiete años, y fue a él al que le dijeron que había una menor de edad detenida en las instalaciones de la Digepol, el muchacho muy presto se fue hasta allá, donde se encontró conmigo y me dijo, pase señora ya le vamos a entregar a su hija. Subimos, él entró en una oficina habló con alguien allí, salió y me llevó a un cuarto donde estaban tu abuela y tú, ya dispuestas a dormir. El muchacho cuando íbamos saliendo, se despidió muy formal y nosotras nos fuimos, tú llorabas y te aferraste a mí con mucha fuerza. La verdad, si no hubiese sido por ese muchacho tu pasas la noche presa y quién sabe cuántos días más”.
Después de escucharla, yo le pregunto a mi mamá qué tenia quçe ver todo esto con el señor enfermo.
–“Hija, él es el muchacho que te sacó esa noche de la cárcel, así que no se queje, usted pagó el favor que él le hizo hace ya tantos años. Dé gracias a Dios por haber ayudado en ese momento que él estaba comiendo y que creía hablar con alguien que conocía, quizás él ya estaba en otro plano y sabía quién eras tú”.
Ese señor del que les he hablado y que es el motivo de esta historia, murió la noche siguiente, tenía un tumor cerebral grado 4. Y hasta hoy me sorprende cómo se dio ese encuentro.