EL PASAJERO NERVIOSO
(Eucar Marval)
Una vez que hayas leído esta pequeña historia es posible que me juzgues mal. Pudieras pensar que algo no anda muy bien en mi cabeza, que me falta un tornillo, como se dice popularmente. O tal vez pudieras pensar que tan sólo soy una persona normal como todos los demás. A fin de cuentas, ¿qué es la locura? Y más aún, ¿en qué consiste la cordura? ¿Cómo saber establecer el límite entre la cordura y la locura? ¿Hasta qué punto somos normales? ¿Hasta dónde podríamos llegar en un arrebato de locura? ¿Acaso no han leído esas historias policíacas en donde la persona más agradable, normal y tranquila del relato resulta ser el asesino o psicópata? Entonces, ¿por qué se me acusa de haber acabado con la vida de aquel hombre a quien jamás en mi vida conocí? ¿Qué motivos tenía yo para querer asesinarle? Ninguno. Nada malo me había hecho. Su único pecado fue haberme tomado como pasajero. Pero el pobre chofer que se ganaba la vida conduciendo su camioneta no era culpable de nada. El no sabía lo extremadamente nervioso e intranquilo que yo era. El no sabía lo mucho que yo valoraba la vida; la valoraba no tanto por lo hermosa que fuera sino, muy especialmente porque me aterraba la idea de morir. Sí, era un pavor tan inmenso que todos mis sentidos estaban siempre alertas a todo, muy en especial al peligro. Y lo confieso, ese miedo a la muerte fue lo que me convirtió en un hombre muy nervioso; ya lo dije con anterioridad. No fue mi intención, pero ¿qué derecho tenía aquel conductor de jugar así con mis temores? No podía permitirlo, y menos que intentara ponerle fin a mi vida.
Ocurrió una tarde cualquiera, justo cuando el sol ya se disponía a ocultarse tras esas montañas que parecían recibir con alegría a aquel astro cuya luz iba apagándose dejando penumbras que luego se teñirían de luto. Divisé a lo lejos un pequeño punto blanco que iba acercándose rápidamente hacía mí. Necesitaba llegar a mi casa y era yo el único pasajero en aquella parada, en donde el silbido del viento parecía susurrar una aterradora canción de misterio. Me alegre grandemente al comprobar que ese punto que se desplazaba en la distancia era la camioneta que me llevaría a mi destino. Pero, esa alegría se transformó rápidamente en temor. El conductor venía solo, y una vez que se detuvo me invitó cordialmente a que me subiera en su blanca camioneta. Me atrajo mucho la sonrisa de aquel conductor. Se le veía feliz, satisfecho. ¿Por qué sonreía? ¿Estaría contento por algo bueno que le ocurrió? ¿Se estaría burlando de mí? ¿Se diría a si mismo: “¡vaya pasajero me tocó llevar!”? ¿Acaso sospecharía de mi nerviosismo? “No, no lo creo” quise pensar.
-¡Suba amigo¡ -me dijo aquel aún sonriente.
Tímidamente entré al vehículo. Aquel conductor, apenas cerré la puerta aceleró repentinamente y un frío recorrió toda mi espalda. Todo mi cuerpo comenzó a temblar pues me causaba mucho miedo la idea de morir en algún accidente automovilístico. Pero luego me calmé. El carro iba a una velocidad moderada y mientras el conductor iba con la vista fija hacia el horizonte yo no podía apartar mi mirada de aquel pié derecho que pisaba el acelerador. Repentinamente comenzó a hablarme de lo peligroso del camino por donde íbamos. A lo mejor su intención no era ponerme nervioso. Quizá estaba buscando una forma de hacer el viaje más placentero entablando conversación con su único pasajero. Pero he aquí que a continuación me acometió el temor y la sospecha de que aquel hombre, dotado de algún poder sobrenatural, sabía que con esa clase de conversación iba a alterar mis nervios. Al mismo tiempo llegaba un pensamiento malicioso a mi mente: “¿no será que el maligno envió a este demonio para castigarme por alguna falta cometida por mi en el pasado, y que yo no lograba rememorar?”. Fuese como fuese, aquel hombre conversaba de accidentes sucedidos en la vía y mis nervios proporcionalmente a cada palabra del chofer y a la velocidad del carro iban alterándose más y más. Quizá por educación, me privaba de callarlo de un puñetazo y así calmarme, pero me encontraba entre la espada y la pared. Quería de verdad calmarme, aún con mi nerviosismo, pero el bendito hombre continuaba hablando sin cesar. Pero a continuación ocurrió algo que heló mis venas y me asustó de muerte. Aquel hombre mientras conducía hablaba y hablaba sin mover los labios. Fue allí cuando confirmé mi tesis de que aquel conductor del infierno había sido enviado para acabar con mis nervios y por ende, con mi vida. Luego traté de conservar mi serenidad, pero el auto aumentaba en velocidad. Tanto fue así que al mirar hacia atrás observé cómo aquel carro dejaba fuego a su paso. No aguanté más. Sin mediar palabra tomé el volante y el chofer comenzó a forcejear conmigo. El giraba hacia la izquierda y yo hacia la derecha. En sus ojos vi reflejado mi propio espanto. Entre aquel forcejeo lo único que alcanzaba a escuchar era la voz del conductor preguntándome que si estaba yo loco y qué era lo que pretendía hacer. Pero yo lo único que quería era conservar mi vida, a cualquier precio. Lo último que recuerdo es la luz incandescente de otro carro que venía en dirección opuesta. Luego desperté aquí, en este hospital desde donde les estoy contando mi pequeña historia. Le pregunté al doctor qué había pasado con el chofer y experimenté cierto gozo al enterarme de que había muerto con la cabeza aplastada. Dios pueda perdonarme, pero me alegré por su muerte. No logró su cometido. No pudo acabar con mi vida. Ni siquiera el mismo maligno pudo conmigo. Luego me quejé con el doctor de que no sentía ni mis brazos ni mis piernas. Este me respondió secamente: “no se puede sentir lo que no se tiene”. Con un poco de terror suspiré. Miré a mi alrededor, pero luego respiré un poco de tranquilidad y consolándome a mi mismo pensé:”bueno, estoy incompleto, cierto, pero al fin y al cabo estoy con vida. Pude escapar de la muerte”.