Lucía era una mujer morena, atractiva, de 38 años que hacía dos se había divorciado de su ex esposo quien por supuesto la había dejado por otra más joven. Desde el divorcio, Lucía decidió dejar de creer en el amor y llevar una vida sencilla, práctica, sin perder el control, ni dejar que los sentimientos se entrometan en sus decisiones.
Durante este tiempo, se aferró a todo tipo de excusas que sentía que le daban “seguridad” convenciéndose de que “no estaba interesada en amar”, “no era el momento para esas cosas” o “no tenia tiempo”…
Así seguía su vida, hasta que un día, una tarde saliendo de un restaurante, cercano a su casa donde siempre compraba comida para llevar, se tropezó con un hombre de cabello blanco de unos 50 años que no reflejaba una gota de preocupación en su cara, casi sin arrugas y con un rostro que proyectaba una paz interior que iba mas allá de lo normal, con voz pausada y en un tono agradable la invitó a conversar en un cafetín de la acera de enfrente.
Lucía dudo un momento, pero la sonrisa tranquilizadora de aquel hombre finalmente la convenció de aceptar la invitación, el encuentro fue muy breve, ella respondió una serie de preguntas sin pensarlas mucho solo decía lo aprendido en los últimos años:
-¿Porque estas tan sola?
El hombre colocó su mano sobre la mano de Lucía en la mesa del restaurante, ella sintió un escalofrío y una sensación agradable y tibia que le recorrió el cuerpo, acompañada de una paz y bienestar que hacia mucho no sentía.
-Que raro, me siento diferente…
-¿y como lo describirías?
El hombre soltó la mano de Lucía y se levanto de la mesa dejando el billete para pagar la cuenta y ella quedó sentada disfrutando su café, agradecida, llena de amor, un sentimiento del que no volvió a alejarse jamás.
Nunca permitamos que una desventura cambie nuestra esencia, somos seres de amor.