La mayor de las islas Pitiusas no supera los 50 kilómetros de longitud, es pequeña y fibrosa, está llena de vitalidad. Incluso en temporada baja, época en la que supones que pueda sentirse como una isla fantasma. Pero te sorprende.
Roca y pinos. Arena y aguas cristalinas. Posidonia. Estas son sus características naturales, pero no las únicas. Hay muchas otras que le son otorgadas a través del esfuerzo humano, como la música, la artesanía local, los alimentos típicos, o los deportes acuáticos, entre otros.
Ibiza no hay más que una, y el turismo, aunque tiene sus puntos positivos, también debe ser concienciado, pues es fácil maltratar y ensuciar un lugar en el que se está de paso (que es lo que hacen gran parte de los turistas, en su casa no tiran la basura al suelo) y la isla sufre las consecuencias de este tipo de visitas. Por eso sus habitantes quieren regenerar los sistemas dunares de sus playas, mantener la limpieza de sus parajes naturales, ser sostenibles, promover los productos de kilómetro cero y depender más de actividades deportivas, acuáticas y de exterior que sean benignas para y con el entorno, aprovechándolo sin explotarlo.
La risa y las buenas vibraciones se perciben por todas partes, pero se experimentan en gran medida aprendiendo a mantener el equilibrio en una tabla de Stand Up Paddle, mientras la corriente te empuja hacia un lado, tu instructor te llama desde otro y sientes cómo la superficie marina ondea tratando de hacerte caer, cambiando la secuencia de leves olas desestabilizadoras y poniéndote a prueba, como un toro mecánico de una atracción del Lejano Oeste.