Hacienda Punchauca, anochecer de un viernes:
La noche había llegado templada y serena, embellecida por la primavera en las fértiles tierras de Punchauca, al norte de Lima. Lukas avanzaba hacia la hacienda, un vasto terreno fértil y rico en recursos, propiedad de don Juan Vega, un hombre que había dejado atrás su vida como soldado español tras su arribo a la capital en 1788. Aquel guerrero, conocido por su lealtad y valentía, renunció a las armas para dedicarse a la agricultura y la ganadería, invirtiendo sus ahorros y una generosa herencia de sus suegros. Con el tiempo, convirtió la hacienda en un emblema de prosperidad.
Era un lugar donde el esfuerzo mestizo alimentaba los campos y cuidaba el ganado, hombres y mujeres que Juan había rescatado de sus campañas por la sierra y el Alto Perú, y quienes hallaban en la hacienda un hogar tan esencial como el aire. Aquella noche, la familia Vega se disponía a compartir la cena. A la luz de los mecheros, que llenaban el comedor de un brillo cálido, don Juan, su esposa María Huamaní y algunos empleados de confianza se acomodaban alrededor de la mesa.
En la cocina, Hortensia, la fiel cocinera y ama de llaves de los hijos Vega, orquestaba los últimos detalles de la cena. Traía consigo las fuentes principales con tamales limeños, mientras otra sirvienta llevaba una jarra de humeante café de la selva central —el preferido de don Juan—, y una infusión de toronjil para María y la hija menor, Sara. Con la elegancia propia de una señorita bien educada, Sara saludó a sus padres:
—Tengan ustedes muy buenas noches, queridos padres —dijo con una reverencia sutil, mientras Valentín, el criado de mayor confianza, le jalaba la silla para que pudiera sentarse cómodamente, con una deferencia que revelaba años de lealtad. María, su madre, y Juan observaban con orgullo a su hija.
Valentín, indígena de sangre inca y de lengua quechua, era parte de la familia, no solo por su labor, sino por la historia que lo unía a Juan Vega. Años atrás, Valentín, con apenas quince años, había sufrido las crueldades de los soldados realistas en Cuzco, quienes, en un acto inhumano, le habían arrancado la lengua. Juan, testigo de tal brutalidad, reclamó la tenencia del muchacho, comprándoselo a los soldados por una buena suma y brindándole atención médica hasta su recuperación. Desde entonces, Valentín servía a la familia con una lealtad que surgía de lo profundo de su alma agradecida.
Una vez todos acomodados, Sara, deseosa de conocer más sobre el pasado de sus padres, preguntó con un destello de curiosidad:
—Papá, ¿cómo fue que tú y mamá se conocieron?
Don Juan, sonriendo con nostalgia y suspirando por esos recuerdos lejanos, tomó una pausa, como si el aire mismo tuviera el sabor de los días pasados.
—Fue durante mi tiempo como militar. Regresábamos del Cuzco, y decidimos descansar en una posada de San Isidro, en el camino real hacia Lima. Yo estaba observando los caballos cuando vi una carreta descontrolada que venía en dirección contraria. Entonces apareció una señorita distraída, con un vestido ostentoso que la hacía brillar —dijo, mirando a María con ternura.
Sara escuchaba fascinada mientras su padre continuaba:
—Corrí rápidamente hacia ella y la tomé de la cintura con todas mis fuerzas, llevándola hacia un lado justo a tiempo para evitar que fuera arrollada por los caballos. Nos caímos juntos al suelo, y en ese instante, mientras el polvo nos envolvía, la miré y quedé completamente cautivado por su belleza.
María, quien recordaba esos días con un dulce sonrojo, añadió con picardía:
—Le agradecí, pero era una manera muy… poco formal, que no era propio de un caballero lo que estaba haciendo.
Don Juan, con una sonrisa nostálgica, agregó:
—Seguía mirándola y sujetándola de la cintura. Me levanté, la ayudé a ponerse de pie y me sentí como un tonto frente a los soldados que salían de la posada —dijo, recordando los murmullos y sonrisas de los demás al ver la escena.
En medio de las risas y las miradas cómplices entre Juan y María, un sonido inesperado interrumpió la velada: cascos de caballos resonaron desde el camino exterior, acercándose a la hacienda con rapidez.
La atención de Juan se volvió aguda, y sus instintos de soldado despertaron en un instante, alertado por los jinetes que se aproximaban. En ese mismo momento, Lukas Vega, quien desde la distancia había observado el brillo inconfundible de antorchas aproximándose a la hacienda, apretó el paso hacia Punchauca, su pecho en un revuelo de malos presagios.
En la penumbra, la figura sombría de un destacamento militar se delineaba contra el horizonte. Los soldados comenzaron a rodear la hacienda, encabezados por un general que portaba el uniforme realista con una arrogancia amenazante.